Represión, éxodo y colapso económico: el saldo devastador de los 12 años de Maduro en Venezuela

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses puso punto final a doce años de un gobierno que dejó a Venezuela sumida en una de las peores crisis humanitarias, económicas y políticas de la historia reciente de América Latina. Lejos de tratarse solo de una disputa de poder, las cifras oficiales y los registros de organismos internacionales revelan el impacto profundo y duradero de un régimen marcado por la represión, el empobrecimiento y el éxodo masivo.
Desde 2013, año en que Maduro asumió tras la muerte de Hugo Chávez, más de 300 personas murieron en el contexto de protestas antigubernamentales, según informes de organizaciones como Provea, el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social y la ONU. El año 2017 fue el más sangriento, con al menos 127 fallecidos en apenas cuatro meses, muchos de ellos a manos de fuerzas de seguridad estatales, lo que derivó en denuncias por crímenes de lesa humanidad ante organismos internacionales.
La persecución política se consolidó como una política de Estado. De acuerdo al Foro Penal, desde 2014 se registraron más de 18.600 detenciones por motivos políticos. A fines de 2024, había al menos 863 presos políticos en cárceles venezolanas, además de miles de ciudadanos sometidos a medidas restrictivas de libertad sin condena firme. Al menos 17 detenidos murieron bajo custodia estatal en circunstancias nunca esclarecidas.
El colapso institucional empujó a millones a huir del país. Según ACNUR, 7,9 millones de venezolanos abandonaron su tierra en los últimos años, convirtiendo a Venezuela en el mayor expulsor de migrantes del continente y en la segunda crisis migratoria del mundo, solo detrás de Siria. La diáspora se dispersó por toda América Latina y Europa, con profesionales, familias enteras y jóvenes forzados a reconstruir su vida desde cero.
En paralelo, la economía venezolana se desplomó a niveles históricos. Datos del Fondo Monetario Internacional indican que en 2024 el Producto Bruto Interno representaba apenas el 28% del tamaño que tenía en 2013. A esto se sumó una hiperinflación sin precedentes, que alcanzó el 130.000% en 2018 y pulverizó salarios, ahorros y pensiones.
El sector petrolero, pilar histórico del país, tampoco escapó al desastre. La producción cayó a mínimos históricos y, pese a una leve recuperación reciente, Venezuela produce hoy menos de un tercio del crudo que extraía décadas atrás. PDVSA quedó debilitada por la corrupción, la falta de inversión y el deterioro de su infraestructura.
Las consecuencias sociales fueron demoledoras: casi el 87% de la población vive en la pobreza, el sistema de salud funciona con graves carencias y la desnutrición infantil sigue en niveles críticos. Universidades vaciadas de docentes, jubilados en la indigencia y hospitales sin insumos son parte del paisaje cotidiano que dejó el madurismo.
El final del régimen abre interrogantes sobre el futuro del país, pero los números ya trazaron un veredicto contundente: doce años que transformaron a Venezuela en un país devastado, con heridas profundas que demandarán décadas para empezar a sanar.




