El reinado de la confusión

Por Alejandro Torres, periodista
En los últimos tiempos las cosas fueron cambiando (al menos para quien suscribe) y hablo específicamente del periodismo vernáculo.
Ojo, que me refiero a quienes emiten mensajes y no a qué es lo que específicamente se desea difundir.
Hoy, lamentablemente, importa quién lo dice y no interesa si lo hace gritando, golpeando una mesa u olvidando el plural de algunas palabras al hablar.
Pero, como decía mi primo Osvaldo, arranquemos desde el arranque: según la RAE, periodismo es la «actividad profesional que consiste en la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones a través de cualquier medio escrito, oral, visual o gráfico». Pero si nos despegamos un poco y analizamos la cosa, hoy estamos más cerca del “periodismo de periodistas”, que es la práctica en la que algunos trabajadores allegados a la profesión (y en algunos casos hasta sin formación) o medios centran su cobertura, debates, peleas o militancia en sí mismos, en sus colegas o en las internas de la propia industria, en lugar de dirigirse a los temas de interés público general. Y así nos va.
Acomodar los tantos
En 2009 se sancionó una denominada “Ley de Medios” para radio y TV buscando, según sus autores, democratizar el acceso a la información; que si bien tenía un espíritu interesante para prestarle atención, fue tomada (a mi criterio) como una especie de caballito de batalla para una pelea que a pocos importaba y que terminó creando la tan mentada grieta entre los unos y los otros. Hay que aclarar que en 2015 tuvo modificaciones que terminaron afectando temas como la multiplicidad de licencias (hoy cualquiera puede tener una o más señales), transferencias y la regulación de la comunicación audiovisual en general; y, por supuesto, no se habla de portales de internet ni canales de streaming, ya que fue redactada antes del boom de estas plataformas.
Torre de Babel 3.0
Mientras esa ley sigue vigente a medias (pero más cerca del arpa que de la guitarra), hoy las redes sociales se volvieron el punto de referencia, la Meca, el súmmum; hoy cualquiera puede decir lo que se le canta sobre lo que se le ocurre y de quien quiera, ya que amparado en el derecho a la libertad de expresión vale todo, y pasamos de las denuncias en la justicia tradicional a los escraches mediáticos, de las cadenas nacionales a los mensajes teledirigidos en X (ex Twitter), y a si los integrantes de la casa de GH se cambiaron los dientes a si la ex de un futbolista renovó su cocina. Y así también nos va.
En conclusión
Al no haber una reglamentación clara a nivel medios de comunicación, y esto sumado a que el público no tiene el ejercicio del análisis y debate, la situación se transforma en un cóctel que nos recuerda que esto es un aporte más a la confusión general (esa gran frase de La Noticia Rebelde). Entonces nos encontramos con el grave problema que tiene este bendito suelo, y es que estamos mal acostumbrados a creer ciegamente lo que dice alguien en vez de prestarle atención, analizar y deducir lo que realmente dice.
Las nuevas tecnologías, el tiempo que nos corre y nuestra propia parsimonia hacen que sigamos haciendo la más fácil: esperar a ver quién me dice qué hacer, sin siquiera pensar si es o no sensato. Por eso es siempre más importante tomarse los minutos que sean necesarios para pensar (y sí, en estos tiempos hay que volver a hacerlo más que nunca) para tomar una decisión. De esa forma evitaremos que se nos lleve de las narices (como al ganado) a hacer cosas que después lamentamos.




