Campeones del aguante

Lo que me maravilla del argentino no es la capacidad de aguantar las crisis, sinó  eso de agachar la cabeza y meterle “palante” , esa destreza para vivir en el aire. Para construir una casa en el vacío, colgar los cuadros, prender la hornalla para el mate y fingir que abajo hay suelo.

Llevamos décadas flotando. Pero de vez en cuando, el decorado se raja.

Esta semana, por ejemplo, se rajó por dos lados distintos, con esa simetría perfecta que solo tiene la desgracia nacional. Por un lado, nos enteramos de que Manuel Adorni, el hombre que nos explicaba el milagro de la escasez con la paciencia de un maestro de escuela rural, tiene que ir al Congreso a explicar los números de su propio bolsillo. El tipo que cada mañana nos decía «no hay plata» con tono de filósofo estoico, ahora tiene que sentarse a aclarar de dónde salieron los morlacos de su declaración jurada. Nos pasamos meses creyendo que la austeridad era una religión y resulta que el sumo sacerdote también guardaba los santos bajo la alfombra.

Y casi al mismo tiempo, como si el guionista de este país estuviera borracho, se filtran los videos del placard de Jésica Cirio y Martín Insaurralde. Fajos de dólares. Pero no dos o tres fajos discretos, de esos que guardaba tu abuelo atrás de los tomos de la enciclopedia por si venía el corralito. No. Parvas de guita verde metidas entre los vestidos de fiesta y los trajes de sastre. El sueño húmedo de cualquier cajero de banco, ahí, parpadeando en la penumbra de un ropero de Nordelta.

Lo miro y pienso en mi vieja. Mi vieja vaciaba los tarros de dulce de leche, los lavaba bien y ahí guardaba los clavos, los botones, los vueltos de la carnicería. El placard era el lugar donde se ponía la ropa de invierno con naftalina para que no se la comieran las polillas. Para nosotros, el placard era el orden. Para ellos, el placard es una sucursal del Banco Central pero sin cámaras de seguridad, un monumento al canutismo pornográfico.

¿Y qué hace el argentino medio mientras ve esto? Nada. Sigue caminando con los ojos fijos en el piso, calculando mentalmente si llega a pagar la prepaga o si este mes tiene que elegir entre el dentista y el asado del domingo. Es una incertidumbre táctica, una forma de locura mansa. Mirás la tele y ves la fortuna inexplicable del vocero; cambiás de canal y ves los dólares del político nacional y popular que se mudaron al vestidor de la modelo. Y en el medio estamos nosotros, los giles, los que todavía contamos los billetes de mil pesos como si fueran plata de verdad.

Vivimos esperando el próximo tomatazo en la cara, pero con una dignidad que asusta. Nos acostumbramos tanto a que nos mientan que ya no nos enoja el robo; nos deprime la falta de originalidad. El placard con doble fondo, la declaración jurada que no cierra… es siempre la misma obra de teatro barata, pero con distintos actores y mejores luces.

Lo único certero que nos queda es que, pase lo que pase, mañana nos vamos a levantar, vamos a prender la radio para escuchar qué nuevo desastre nos depara el día, y vamos a seguir flotando en el aire. Porque otra cosa no sabremos hacer, pero en el arte de simular que no nos estamos cayendo, somos campeones del mundo.

 

Alejandro Torres -Periodista

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