El delivery al revés

No me queda muy claro esa especie de pérdida de noción de la realidad que da el poder. Es una enfermedad silenciosa que te agarra cuando te ponés tu mejor ropa, te dan una credencial de plástico y una banca. Te olvidás de todo. Te da una amnesia selectiva y fulminante.

El otro día escuchaba a un legislador nacional en la tele, (da lo mismo el partido, son todos clones cuando les ponés un micrófono adelante) que decía, con el mentón levantado y cara de estar salvando a la patria: «Voy a votar según mis profundas convicciones y respetando la doctrina de mi partido». Lo decía orgulloso, el tipo. Esperando el aplauso.

Y yo me quedé mirando la pantalla con el tenedor a mitad de camino a la boca, pensando: ¿Pero qué dice este buen hombre? ¿Quién carajo le preguntó por sus convicciones?

Vamos a poner las cosas en blanco y negro a ver si se entiende. Imaginate que llamás a una hamburguesería. Tenés hambre, es sábado a la noche, querés una de esas bien ricas (como las hacía “el no flaco” de Lomo´s allá en los 90). Juntás la guita entre todos los de la mesa, llamás, pagás y te quedás esperando. A la hora llega el cadete en la moto. Abre la caja de cartón y adentro hay una tarta de acelga. Fría.

Vos lo mirás al muchacho y le decís: «Che, flaco, yo te pedí hamburguesa». Y el motoquero, con el mismo tono de estadista del legislador, te contesta: «Mirá, yo en el camino lo estuve pensando seriamente, lo consulté con mis convicciones más profundas y con la doctrina de mi familia, y llegamos a la conclusión de que a vos te conviene comer verdura. Es más sano».

¿Qué hacés? Lo sacás a patadas en el traste hasta la esquina. No te importa su vida, no te importan sus dilemas morales, ni lo que opine su mamá sobre el colesterol. Vos le diste plata para que te traiga hamburguesas. Punto.

Bueno, con los diputados y senadores pasa exactamente eso, pero al revés. El tipo no va al Congreso de la Nación a representarse a sí mismo. No va a hacer terapia ni a lucir su impecable brújula moral. El tipo está ahí porque un sector de la sociedad (el carnicero de la esquina, la maestra que viaja en el 106, el jubilado que no llega a fin de mes) fue un domingo, metió un papelito en una urna y le dio un mandato. Le dijo: «Tomá, te pago el sueldo, te doy la obra social, te pongo un despacho para que vayas a Buenos Aires y digas exactamente lo que yo diría si pudiera sentarme en esa banca».

El legislador no es el dueño del voto; es el cartero. Y a ningún cartero se le ocurre abrir la carta en el camino, leerla y decir: «Uh, no, esto que le escribe Juan a Pedro me parece que va en contra de mis valores, mejor se la cambio y le escribo un poema». ¡No! Entregá la carta, hermano. Votá lo que la gente que te puso ahí quiere que votes.

Pero claro, se encierran en ese microclima donde todos se saludan de «doctor», donde el café es gratis y las alfombras amortiguan el ruido de los zapatos. Y entonces se convencen de que son filósofos contemporáneos. Empiezan a transar en los pasillos: «Yo te voto la ley de los glaciares si vos me votás el presupuesto para el cordón cuneta de mi provincia». Y en el medio, la gente que los votó queda colgada del pincel, mirando la tele sin entender en qué momento su pedido de hamburguesa se transformó en una tarta de acelga incomible.

Nos hemos acostumbrado a una perversión total del sistema. Nos parece normal que un tipo sea elegido por una plataforma electoral y que a los tres meses se cambie de bloque «por razones de conciencia», o porque el jefe de partido le pegó un grito por teléfono. Eso no es tener convicciones; eso es estafa por publicidad engañosa. Si tus convicciones cambiaron, perfecto: devolvé la banca, volvé a tu casa, armate un partido nuevo y presentate de nuevo. Pero no te quedes con el delivery que era de otro.

Al final, uno se queda con una sensación de soledad tremenda. La certeza de que el domingo de las elecciones somos los reyes del mundo, los soberanos, los que decidimos el destino de la nación… y el lunes a la mañana pasamos a ser, otra vez, los giles que le pagamos la fiesta a un grupo de tipos que votan según les conviene, mientras nos explican que lo hacen por nuestro propio bien.

Alejandro Torres – Periodista

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