Paladines de la pluma… de entrecasa

Miren, a mí lo que más me fascina de las redes sociales no es la tecnología, ni los videos de gatitos, ni la velocidad con la que nos enteramos de que se murió un famoso. Lo que me vuelve loco es la mutación del tipo que antes estaba en la mesa de su comedor mirando algún capitulo repetido de “El Chavo” o en el fondo de su casa jugando con autitos, y que ahora tiene un celular en la mano.

Antes, en la época en que todavía nos mirábamos a los ojos para decirnos barbaridades, el ignorante audaz tenía un radio de acción muy cortito. El tipo iba al pseudo pub de moda, se tomaba dos birras y, a la tercera, te explicaba con total impunidad cómo se tenía que reestructurar la deuda externa o por qué el técnico de la Selección era un imbécil. El resto de la mesa lo miraba de reojo, alguien le decía «bueno, pará, gordo, no hables pavadas», y la cosa moría ahí, ahogada en un plato de palitos salados. Había un control social del ridículo. El gordo se iba a dormir sabiendo que era el gordo que hablaba pavadas.

Pero ahora pasó algo terrible: les dimos un teclado y conexión de banda ancha.

De repente, el hombre que no puede arreglar el flotante del inodoro de su casa sin inundar el living se autopercibe editorialista del The New York Times. Se levanta un martes a la mañana, se rasca el ombligo, abre X o Instagram y se calza el traje de «paladín de la pluma». Escondido detrás de una foto de perfil que casi nunca es la suya (suele ser la de un perro, un auto o un prócer mal recortado), el tipo empieza a dictar cátedra con una sintaxis pretenciosa, como si cada tuit fuera una encíclica papal.

Lo maravilloso (y cuando digo maravilloso quiero decir espeluznante) es la versatilidad de estos muchachos. A las nueve de la mañana te arman un «hilo» de doce partes explicando la geopolítica de la Franja de Gaza con una soberbia que harían dudar al mismísimo secretario de la ONU. A las once y media, tras leer un título de tres líneas en un portal de noticias, se transforman en virólogos eminentes y te diagnostican una nueva cepa sin despeinarse. Y a la tarde, después de la siesta, se ponen el traje de jueces constitucionales para decidir si un fallo judicial está bien o mal, sin haber visto en su puta vida la tapa de un código de procedimientos.

No discuten para encontrar la verdad; eso sería pedirles un esfuerzo intelectual que no están dispuestos a hacer. Discuten para que los aplaudan otros cuatro infelices que tienen el mismo nivel de audacia y la misma cantidad de libros leídos: cero. Confunden la libertad de expresión con la obligatoriedad de tener una opinión sobre todo. Si no opinan, sienten que no existen. Tienen pánico de apretar los labios, mirar una discusión compleja y decir la frase más revolucionaria del siglo veintiuno: «Che, la verdad que de ese tema no sé un carajo».

Extraño el filtro del grupo. Extraño el momento en que si decías una burrada del tamaño de un acoplado, alguno de tus amigos te miraba con cara de “bueno, listo, ya está”. Hoy, la tiranía de los sabelotodos de living nos está dejando sordos. Nos acostumbramos a escuchar el grito del que no sabe nada, y dejamos de escuchar al que pasó treinta años quemándose las pestañas para entender cómo funciona el mundo.

Al final, me da un poco de pena. Porque cuando apaguen la pantalla y se queden a oscuras, van a seguir siendo los mismos tipos de siempre. Esos que, cuando se les quema una lamparita en la cocina, tienen que llamar al vecino para no morir electrocutados.

Por Alejandro Torres – Periodista

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