Opinión: «Acá, La pasión tiene fueros»

Argentina gana.
Y en Resistencia, antes de que termine de hablar Scaloni, ya hay alguien buscando la llave del auto o la moto.
-Vamos a la plaza!!
No es una pregunta.
Nadie dice:
-¿Querés ir a la plaza?
No.
Es una afirmación.
Argentina ganó y nosotros vamos a la Plaza 25 de Mayo.
Es una especie de cláusula no escrita de la ciudadanía resistenciana.
DNI, CUIL, Carnet de conducir (opcional al igual que el casco).
Y si gana Argentina, al mástil.
Yo nunca entendí del todo qué hacemos cuando llegamos.
Pero tampoco quiero quedar como un viejo choto.
Así que observo: La gente llega, se abraza, grita, toca bocina,vuelve a gritar, se abraza con una persona que no conoce, un señor pasa corriendo con una bandera, otro señor pasa corriendo atrás, no se sabe si están juntos.
Y después están los vehículos.
Porque nosotros tenemos una relación muy particular entre la alegría y el motor de combustión.
Argentina mete un gol y sentimos una necesidad física de arrancar algo.
El auto, la moto, la camioneta y hasta de ultima la motoguadaña
Si alguien tuviera un tractor, probablemente también aparecería por la avenida 9 de Julio.
Ahora el Municipio hizo algunas recomendaciones para los festejos.
No ingresar a la Plaza 25 de Mayo con botellas de vidrio, motos ni bicicletas.
Y yo me quedé pensando en la palabra “recomendaciones”.
Mi vieja recomendaba.
—Llevá un abrigo.
Eso era una recomendación.
Yo podía llevarlo o pasar frío.
Mi vieja había cumplido.
Pero si hay que pedirle a miles de personas que, por favor, no entren en moto a una plaza llena de gente, quizás ya no estamos exactamente en el terreno del consejo maternal.
Porque imaginemos la escena.
Un tipo llega en moto.
Hay cuarenta mil personas, hay chicos, familias, gente saltando, gente que tomó.
Y alguien tiene que explicarle:
—Señor, le recomendamos no entrar con la moto.
El hombre mira la plaza.
Mira la moto.
Mira a las cuarenta mil personas.
Y aparentemente necesita unos segundos para analizar la propuesta.
A mí eso me preocupa un poco.
También está lo de las botellas de vidrio.
Otra recomendación.
No llevarlas.
Lo curioso es que uno supondría que no hace falta explicar por qué.
Pero hace falta.
Siempre hace falta.
Porque Argentina gana y, por algún extraño fenómeno psicológico, algunos ciudadanos consideran que el triunfo de la Selección suspende temporalmente ciertas normas básicas de convivencia.
No tirar basura, no manejar borracho, no meterse con una moto entre familias, no romper botellas, no subirse a lugares de los que después tengan que bajarte tres policías y un bombero.
Cosas bastante aburridas.
Pero no importa porque ganó Argentina.
Y ahí aparece la pasión.
La pasión, que parece ser una palabra maravillosa.
Porque sirve para explicar todo.
¿Por qué ese tipo está parado arriba de un auto en movimiento?
La pasión.
¿Por qué hay una moto pasando entre los chicos?
La pasión.
¿Por qué la plaza amaneció llena de botellas?
La pasión.
La pasión, en Argentina, tiene más fueros que un senador.
Yo también quiero que gane Argentina.
Quiero gritar, quiero abrazar a mis hijas, quiero putear al árbitro aunque después la repetición demuestre claramente que él tenía razón.
No soy un ser racional durante los noventa minutos.
Pero después termina el partido.
Y en algún momento uno debería volver.
No a casa.
A la civilización.
Porque hay algo que me cuesta entender.
Nos pasamos la vida cuidando a nuestros hijos.
—Mirá antes de cruzar.
—Ponete el cinturón.
—No te alejes.
—Agarrame la mano.
Y después gana Argentina, los subimos al auto y los llevamos voluntariamente a una concentración de miles de personas donde el Municipio tiene que recomendar que nadie entre en moto ni lleve botellas de vidrio.
Hay una pequeña contradicción ahí.
Chiquita.
Casi imperceptible.
Quizás el problema no sea festejar, quizás el problema sea que confundimos alegría con permiso.
Permiso para ensuciar, permiso para tomar de más, permiso para manejar como un pelotudo, permiso para pensar que, como todos estamos felices, nada malo puede pasar.
Y las cosas malas tienen una costumbre bastante desagradable, pasan igual.
Ojalá Argentina gane, ojalá llegue a la final, ojalá salga campeón y ojalá la Plaza 25 se llene de gente.
Pero si antes de salir el Municipio tiene que recordarnos que no debemos entrar en moto a una plaza repleta de familias ni andar con botellas de vidrio entre miles de personas, quizás el problema no esté en las recomendaciones.
Quizás el problema sea que nos las tengan que hacer.
Y eso, lamentablemente, no se arregla ganando un Mundial.
Alejandro Torres – Periodista




