
Casi queda en silla de ruedas y hoy corre 21 kilómetros en alpargatas
No importa si la largada es en una avenida asfaltada, en una montaña o en un sendero embarrado. Mientras alrededor suyo cientos de corredores ajustan relojes inteligentes, zapatillas de última generación y mochilas de hidratación, Martín “Látigo” Alegre aparece vestido exactamente igual que como trabaja todos los días en el campo: boina, bombacha de gaucho, camisa, alpargatas y un pañuelo al cuello.
A simple vista parece que se equivocó de evento. Pero apenas empieza la carrera, el “Gaucho Runner” demuestra que las apariencias engañan. Corre hasta 21 kilómetros vestido como un paisano, deja atrás a atletas equipados con tecnología de punta y ya llegó a representar a la Argentina en un Mundial.
A sus 38 años, vive en una tapera ubicada en un campo de Chascomús, aunque nació en Ranchos, partido de General Paz, donde también transcurrió una infancia marcada por las dificultades.

“Somos siete hermanos. Mi viejo se iba a otro país a trabajar y mi mamá se tuvo que ir con mis hermanas a La Plata por trabajo. Nosotros nos quedamos en Ranchos y nos criamos como pudimos”, recuerda. Aquellos primeros años estuvieron lejos de ser sencillos. “Trabajábamos desde muy chicos, repartiendo pan, vendiendo diarios, huevos y cosas de campo. Comíamos cosas de la calle. Fue una infancia bastante dura”, cuenta.
Su apodo nació mucho antes de convertirse en corredor. “El Látigo apareció cuando todavía practicaba boxeo. “Me decían así arriba del ring”, explica. El deporte siempre fue parte de su vida. Primero jugó al fútbol, después se enamoró del boxeo y soñaba con llegar a ser campeón del mundo. Sin embargo, el destino tenía preparado otro camino. Hace once años sufrió un accidente de moto en La Plata que cambió su vida para siempre. “Me quebré las dos piernas y una muñeca. Me pusieron clavos y tornillos. Muchos médicos me dijeron que iba a quedar rengo o hasta paralítico”, recuerda.
“Estaba muy triste. Me quería ir de este mundo. Sentía que estaba completamente solo”, confiesa.
El cambio llegó gracias a un amigo que insistió para que empezara a correr. Al principio no buscaba medallas ni tiempos. Solo necesitaba encontrar un motivo para levantarse cada mañana. “El atletismo me salvó. Me devolvió la alegría, las ganas de vivir y la fuerza para salir adelante. Gracias al deporte cambió mi cabeza y cambió mi corazón”, resume. Durante los primeros años corría como cualquier otro atleta, con zapatillas deportivas. Pero había algo que no terminaba de convencerlo.
“Siempre llegaba muy atrás. Si corrían mil personas, yo terminaba entre los últimos. Corría para despejarme, para olvidarme de todo lo que había vivido”, cuenta. Hasta que hace poco más de seis años decidió probar algo distinto durante una carrera de aventura en La Plata, con barro, agua y caminos rurales. En lugar de las zapatillas se puso las alpargatas que usaba todos los días para trabajar. El resultado fue inesperado: “Ese día me fue muy bien. Empecé a ganar carreras y nunca más volví a usar zapatillas”.
Vestido con boina, bombacha, pañuelo y alpargatas, comenzó a llamar la atención en cada competencia. Muchos pensaban que era una simple puesta en escena hasta que lo veían cruzar la meta entre los primeros puestos. Otros intentaban convencerlo de volver al calzado deportivo. “Mucha gente me dice que me voy a romper la espalda, las rodillas o las caderas. Pero yo pienso que la vida hay que vivirla hoy. Si uno tiene un sueño, tiene que ir para adelante. No sé qué puede pasar mañana”, responde.
Con el tiempo, aquella imagen del hombre que competía vestido de gaucho se convirtió en una marca registrada. Hoy muchos ya ni siquiera lo llaman por su nombre. Es, simplemente, el “Gaucho Runner”. “Ese nombre me lo puso la gente y fue quedando. Me gusta porque representa lo que soy. No quiero dejar mis raíces por ponerme una zapatilla más moderna”, dice. Cuando las carreras son de montaña o atraviesan sectores con barro, hasta tiene un truco para evitar perder el calzado: “Las ato con un hilo común para que no se salgan. Después corro igual que siempre.”
Del hospital a un Mundial
Las distancias tampoco parecen intimidarlo. Compite en pruebas de 6, 8, 10, 15 y hasta 21 kilómetros, tanto en calle como en trail y carreras de aventura. En marzo de este año consiguió uno de los mayores logros de su vida al consagrarse campeón argentino, una victoria que le permitió clasificar al Mundial disputado en República Checa. Allí volvió a sorprender: fue el mejor argentino de la competencia. Lo más llamativo es que todo ese camino lo hizo prácticamente sin apoyo económico. “No tengo sponsor, todo lo hago trabajando. Vendí rifas, lechones, huevos de campo y muchas cosas más para juntar la plata del viaje. Muchísima gente de Chascomús me ayudó a cumplir ese sueño”, cuenta.
Mientras otros atletas llegan respaldados por grandes marcas deportivas, nutricionistas, kinesiólogos y equipos multidisciplinarios, Martín depende casi exclusivamente de su profesora, Rosario, que desde hace seis años le envía los entrenamientos por teléfono. “Ella arma el plan y yo lo cumplo todos los días. Confío plenamente en su trabajo”, cuenta. Después, todo el resto corre por su cuenta. “Si aparece algún sponsor que quiera acompañarme, bienvenido sea. Yo feliz de representar una marca, pero sin dejar de correr con boina, bombacha y alpargatas.”
Su rutina tampoco se parece demasiado a la de un atleta profesional. Se levanta todos los días alrededor de las cinco de la mañana para alimentar a los animales, cuidar la huerta, atender la granja, vender huevos y realizar los trabajos del campo. Recién cuando termina con todas esas obligaciones encuentra un espacio para entrenar. “Primero está el trabajo. Después, sea de noche o de madrugada, salgo a correr igual. Aunque esté cansado. Si aflojás uno o dos días, después lo sentís en la carrera”, asegura.

Un runner que prefiere un guiso antes que un gel energético
Su alimentación rompe otro de los grandes mitos del atletismo moderno. Mientras muchos corredores planifican hasta el último gramo de carbohidratos y proteínas, él come exactamente lo que sale de la olla de su casa. “No tengo plan nutricional. Como puchero, guiso, estofado, empanadas… Todo casero. Tengo mis animales, mis huevos de campo, mi granjita. Eso es lo que me hace bien”, asegura. Incluso, si al día siguiente tiene una competencia importante, no modifica demasiado la rutina: “Si corro un domingo, el sábado capaz me como un buen guiso o un estofado. Ya estoy acostumbrado”.
Tampoco consume suplementos deportivos. “Sin gimnasio, sin anabólicos, sin creatina, sin geles. A veces llevo una jarra de agua y listo”, afirma. No pretende juzgar a quienes eligen otro camino, aunque sí deja en claro cuál es su filosofía: “Cada uno hace lo que quiere con su vida. Pero yo quiero demostrar que también se puede competir sin todas esas cosas. Lo importante es entrenar, tener disciplina y disfrutar el proceso”.
Hace cinco años dejó La Plata y cambió la ciudad por el campo. Hoy vive rodeado de animales, árboles y silencio, en un lugar al que bautizó La Tapera. Allí recibe amigos, comparte mates y encuentra la tranquilidad que durante mucho tiempo sintió que le faltó: “Estoy enamorado del campo. Amo la naturaleza, los animales y esta vida sencilla. No la cambiaría por nada”.
Tampoco la cambiaría si mañana apareciera una propuesta millonaria. La respuesta le sale inmediata. “Aunque venga alguien y me ofrezca mucha plata para vivir en otro lado, yo me quedo con mis raíces, con mis costumbres y con mi gente”, remarca.
Porque, en el fondo, Martín Alegre no corre solamente para ganar carreras. Corre para honrar la infancia que tuvo, para recordar a sus abuelos, para demostrar que pudo volver a caminar cuando muchos pensaban que no lo lograría y para transmitir un mensaje que repite casi como un mantra cada vez que cruza una meta. “La vida no pasa por la plata. Hay que disfrutar el camino, los amigos y el momento. Yo un día estaba bien y al otro, me quebré las dos piernas. Por eso hay que vivir el hoy. Mañana puede ser tarde», concluye.
Fuente: TN




