Misiones: levantar una escuela desde 0
Marcio Black casi pierde a uno de sus hijos mientras iba en moto a una escuela que quedaba a 10 kilómetros de su casa, cuesta arriba. A raíz de eso, se organizó con otros padres de la Colonia Agro Forestal para construir un aula satélite más cerca y así evitar futuros accidentes

Marcio Black es de esos misioneros rubios dorados de ojos celestes y con la piel —que en su infancia debe haber sido blanca nube— bastante curtida por el trabajo al aire libre, que le dio un tono rosado. Cuando se acuerda de ese momento de 2023 le cambia la mirada. Baja la cabeza. Se refriega los ojos. Hace un carraspeo con la garganta para poder tragar la angustia y no quebrarse.
—Viste que con la realidad de uno trabajando, el gurí empezó a andar de moto, anduvo un poquito mejor y de ahí lo mandamos ya para arriba a la escuela. De ahí vino un día rápido y le dio a una piedra. El gurí se cayó y se rompió la cabeza. Me llamaron y me decían que había muerto.
Ahí, la culpa. Ahí, la desesperación por salvar la vida de su hijo Luciano, un adolescente que iba a una secundaria que quedaba a 10 kilómetros picada arriba. Ahí, días acompañándolo en el hospital en Posadas hasta que estuvo fuera de peligro. Ahí, la decisión férrea de que no importara cómo, iba a conseguir abrir una escuela más cerca de su casa en la Colonia Agro Forestal, en la zona de El Soberbio, para que sus hijos no corrieran peligro.
A pesar de las distancias. A pesar del frío. A pesar de los riesgos, Marcio siempre tuvo en claro que lo más importante era que sus cuatro hijos estudiaran. Luciano hoy tiene 17 años; Joana, 14; Mateo, 10, y Facundo, 5. Quizás porque a él su timidez solo le permitió hacer hasta cuarto grado (lo cambiaron de colegio y le daba vergüenza empezar sin conocer a nadie) y lo obligó a ser un trabajador rural desde temprana edad, quizás porque su papá es analfabeto y lo ve sufrir las consecuencias al día de hoy. “Le cuesta mucho, ponele, viajar ¿viste? Necesita un compañero para que le diga, ‘estamos en tal parte’, qué sé yo. Mis gurises tienen una linda letra. Y eso me motiva”, cuenta.

Después del accidente de su hijo, Marcio se organizó con otros padres de la zona para construir el Aula Satélite N°3 de la escuela N°640 en un terreno que queda a 500 metros de su casa y se convirtió en el presidente de la comisión cooperadora. Hubo que podar, nivelar el terreno, hacer el plano, conseguir donaciones de materiales de empresas y de la Asociación Conciencia y poner manos a la obra para que en junio de 2024 se inaugurara este espacio de educación primaria al que asisten 14 alumnos de primero a séptimo grado, entre ellos Mateo y Facundo. Joana y Luciano cursan en una escuela secundaria albergue.
—¿Alguno sabía de construcción? ¿Cómo hicieron para armar el plano?
—O sea, el que más sabía del tema de las casas, de la construcción y de la madera soy yo. Ellos me decían que yo hiciera el nivel y yo miraba si estaba torcido. Todos los padres se unían y trabajamos entre todos. Hasta ahora se sigue construyendo porque faltan cosas.
—¿Hoy estaban con la bomba de agua?
—Sí, seguimos laburando. Siempre hay laburo. Y después se ganó eso de los baños con Apaer [Asociación Civil Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales] y los arreglamos. Yo estoy contento porque esto es mejor que llevar a la gurisada congelada allá arriba. Y ahora los chicos van solos caminando.
—¿Vos de qué trabajas?
—Este año trabajé un poco en el tabaco y un poco yo hago potrero, cerca. Hago un poco de todo. Hasta construcción de casas. Estamos sobreviviendo.
—¿El más grande termina este año la secundaria?
—Sí, sí, termina.
—¿Y qué significa para vos que termine un hijo tuyo la secundaria?
—No hay palabras, qué sé yo. Luchamos mucho, y bueno, gracias a Dios que estamos, que podemos pelear por eso. Me da emoción, orgullo.
“Donde acá estamos sentados hace más de dos años era campo abandonado, era maleza por todos lados. Y hoy por hoy tenemos un aula que levanta dos banderas todos los días para enseñar a un grupo de estudiantes que tienen sueños, que sus padres sueñan con que ellos estudien, con que se formen y que tengan para ellos algo mejor. Ellos, muchas veces, usan el concepto erróneo de que hay que estudiar para ser alguien y yo les digo ‘todos ustedes son alguien, son personas valiosas, no hacen que les falte el alimento a sus hijos, ellos vienen bien vestidos y tienen una educación que les garantiza un éxito’. Eso da esperanza.”
El que habla es Nahuel Czuhaj, profesor de educación primaria del aula satélite, sentado en una alfombra verde que también funciona como patio y donde los alumnos corren durante el recreo. Tiene puesto un sweater beige sobre el guardapolvos blanco, usa anteojos y una barba candado de unos días. Sobre el desafío de enseñar a 14 niños de distintas edades en una sola aula, contesta: “Es bastante complejo y desafiante. Tenés a los chicos que les estás enseñando las letras, al otro grupo que le estás enseñando a leer las sílabas y al otro que le tenés que enseñar operaciones combinadas. Hay una diversidad muy grande, pero muy enriquecedora porque hay una colaboración constante entre todos, ¿no? Los chicos más grandes son colaboradores en ese sentido”.
—¿Cuáles eran los riesgos para los chicos que viajaban largas distancias para llegar a la escuela?
—Hay una desigualdad en cuanto a eso porque uno trata de que cada escuela tenga más o menos cinco kilómetros de distancia, seis como máximo de las casas de los alumnos, y los padres hacían 10 y algunos 11, 12 kilómetros para llegar todos los días. Era bastante complejo porque había chicos del primer ciclo en el turno mañana, del segundo ciclo en el turno tarde, hijos de diferentes edades. Con este aula satélite lo que hacemos es asegurarles el derecho a una educación de calidad, una educación gratuita que promueva aprendizajes significativos.
—¿Qué nos podés contar de Marcio, uno de los papás que es motor de lo que es la escuela?
—Marcio es muy colaborador, al igual que todos, ¿no? Pero Marcio tiene esta voluntad de venir, de solucionar las problemáticas urgentes. Y buscamos en conjunto nuevas alternativas para beneficiar más al aula, porque en casi dos años desde la inauguración hemos logrado un montón.

—¿Qué te imaginás vos para el futuro de tus alumnos?
—Desde el día uno mi propuesta fue trabajar para el crecimiento de ellos, para que sueñen en grande, para que puedan estudiar, acceder a una universidad, que tengan las mismas posibilidades que otros de hacer una carrera. Ellos te dicen por ahí, ‘me gustaría ser profe como usted’, ‘quiero ser policía’, ‘quiero ser gendarme’, ‘quiero trabajar en el ejército’. Y eso es esperanzador, ¿viste?
—¿Qué es lo que más están necesitando para el aula satélite?
—Queremos mejorar la cocina, poder poner la bacha, una mesada, comprar el horno, una heladera. Dejar bien armado el espacio de la cocina que está un poco precario.

Integrantes del equipo del Programa Porvenir de la Asociación Conciencia, una ONG que acompaña las trayectorias de niños y adolescentes de las zonas rurales de Misiones para que puedan sostener, continuar y finalizar sus estudios, están de visita en el aula satélite para pegar unos carteles. Maira Rodríguez Quevedo, coordinadora del programa, vio cómo fue creciendo el edificio desde cero. Hoy, ve el aula grande en que los chicos están sentados aprendiendo, ve los baños que se restauraron gracias al apoyo de Apaer, ve la cocina en la que se disponen a preparar una merienda para los alumnos y sus padres y se le dibuja una sonrisa de satisfacción.
—Los padres se organizaron ante la necesidad de tener una escuela primaria, empezaron a buscar recursos y en esa búsqueda se contactaron con Porvenir por parte de un técnico de campo de la empresa. Entonces conocimos ahí a Nahuel, el docente, a los chicos y empezamos a construir juntos todos los cambios que necesitaban para poder acceder a una educación de calidad.
—¿Eso lo presentan al Ministerio de Educación?
—Nosotros se lo presentamos primero al sponsor que es quien financia los proyectos. Luego, se pasa al ministerio con las supervisoras para empezar a firmar los convenios porque tenemos que pedir permiso para poder hacer cualquier tipo de intervención en los espacios educativos.
—¿Cómo fue el vínculo con los padres?
—Es muy importante que dentro de las escuelas haya una comisión de padres. En las zonas rurales en las que trabajamos, la comunidad es muy unida, entonces se presenta, se hace una reunión con los padres, ellos firman un convenio también, se pactan tiempos y a partir de ahí se hace la ejecución de las tareas.
—En general, ¿cuál es el nivel educativo que alcanzan los padres de los chicos?
—Primaria y primaria incompleta. Los padres que acompañamos son productores tabacaleros. Entonces, durante todo el año trabajan en lo que es la producción del tabaco y después tienen algunos otros cultivos.
—Algo que vemos y que se repite en todas las familias es el esfuerzo que hacen los padres para que los chicos puedan terminar la secundaria. Son, como decías vos, padres que quizá tuvieron que dejar por todas estas circunstancias y están teniendo la primera generación de hijos que terminan la secundaria.
—Cuando le preguntás a los papás si quieren que los hijos estudien todos te dicen que sí y entienden la importancia de que el chico pueda acceder a la educación. Pero después hay factores económicos, sociales y culturales que a veces no permiten que ese chico llegue o permanezca en la escuela.

Mateo se sienta al fondo del aula y abre su carpeta de ganchos. De su cartuchera saca una birome, un líquido corrector, un lápiz y una tijera. Espera a que el profesor Nahuel escriba la lección en el pizarrón para los que están en quinto grado, como él, y la copia. Cuando suena el timbre para el recreo, sale corriendo para jugar al vóley con unos compañeros.
—Antes ibas a la escuela que estaba más lejos. ¿Cómo era llegar?
—Difícil.
—Y cuando llovía, ¿qué pasaba?
—Se resbalaba la moto, nos caíamos. Me daba miedo.
—¿Hace cuánto estás yendo a la escuela de acá?
—Un año.
—¿Y cómo fue ese cambio?
—Bueno.
—¿Qué te gusta hacer cuando no estás en la escuela?
—Jugar a la pelota y estudiar.
Cuando sea grande quiere ser policía porque le gustan los uniformes que usan. Y también le gustaría tener una bicicleta nueva porque la suya tiene un agujero en la goma y una pelota de vóley que sea solo de él.
Por la tarde, vuelve a su casa y se pone a jugar con los animales. Le hace upa a un pavo real que lo mira con cara de asustado. Un rato después, sigue a su papá en las tareas que hace. Cuando se aburre, entra en la casa en la que está Joana preparando unos porotos en la cocina. Ella tiene una remera de Boca Juniors y un jean canchero con agujeros en las rodillas. Está descalza. Recorre su casa que está toda hecha de madera para mostrar el cuarto en el que duermen los cuatro hermanos. En la cama de una plaza, duerme ella con su hermano menor Facundo. De abajo de su cama, saca un colchón que ubica en el piso, y ahí duermen Mateo y Luciano. Sus papás duermen en el cuarto de al lado.

—¿Cómo es para vos tener que compartir cuarto con todos tus hermanos?
—Es muy complicado. Son muy desordenados, Dios mío. Me gustaría tener un cuarto solo para mí, que tenga un ropero, una cama, un mueble para poder hacer la tarea. Que cada uno tenga un cuarto.
En el comedor, la cocina es a leña. Afuera, está el baño que es una letrina. En otra construcción de madera funciona el banheiro, que es la ducha y una bacha, donde se lavan los dientes.
—A la noche, ¿cómo hacen para ir al baño?
—Salimos con la linterna. Es una letrina. Me gustaría que sea un baño instalado, de material, y que esté pegado a la casa.
—¿Cuándo llueve?
—Nos mojamos.
Cecilia Pereira es la mamá de los chicos. Se crió en la chacra y por eso dice que está acostumbrada a levantarse y ponerse a hacer lo que haga falta: sembrar, arar, cosechar, limpiar, enfardar. Hoy tiene 36 años y muestra las manos llenas de tierra por haber estado clasificando el tabaco. No le da vergüenza mostrarlas, no se las limpia y se pone a conversar sobre cómo es su día a día.
—Cuando tus hijos más grandes están en la escuela albergue, ¿los extrañás?
—Sí, porque ellos nos ayudan cuando están acá. Es difícil.
—¿Qué es lo más difícil?
—Cuando están allá, me preocupo si están enfermos.
—¿Ellos tienen celular para poder comunicarte?
—Sí, el más grande tiene celular.
—¿Cuál es tu sueño para ellos?
—Que el que sale en quinto siga estudiando una carrera, que no quede en la chacra. Es mejor que estudien porque no es fácil la chacra. El sol es muy fuerte. Si estudian, van a tener otra vida, más sana.
Ella solo pudo ir hasta sexto grado de la primaria porque su papá no tenía cómo mandarla al colegio que quedaba lejos. “Éramos pobres y no teníamos cómo llegar al pueblo”, dice y recuerda cómo desde sus 14 años, empezó a ayudar a su mamá a changuear, en la casa, a machetear, a limpiar los lotes y a cortar maíz en la chacra.
Luciano se salvó del accidente en moto y hoy tiene 17 años. Es viernes al mediodía y está en la chacra de la familia ubicada en Picada Los Pinos, junto a Cecilia, su mamá, clasificando tabaco. Aparece con un jean, una remera verde y unas botas después de unas horas de estar trabajando bajo el sol. Está en quinto año de una escuela albergue en la que se queda durante 15 días corridos y después le tocan otros 15 días en su casa.
—Estábamos rociando. Se clasifica las hojas por color y por tamaño. Desde los 12 años que ayudo en la chacra. Todos los laburos que hay que hacer, se hacen. Me acostumbré, no es muy difícil. Lo que más me gusta de vivir en la chacra es que el lugar es tranquilo y no hay disturbios como en la ciudad.
—¿Qué es lo que menos te gusta?
—Que hay que laburar todos los días.
Lo que más le cuesta es la época de la cosecha, porque ahí es cuando se siente más el calor. Cuenta que le gusta estudiar y que todavía no tiene planeado qué va a hacer el año que viene. Quizás, hacer un curso de computación o irse a Brasil, donde tiene familiares y amigos trabajando.

—¿Te imaginás trabajando en la chacra?
—No, porque es muy riesgoso para lastimarse.
—¿Cuál es tu sueño?
—Ir a Brasil a trabajar. Allá hay más calidad de vida. En Misiones es muy difícil porque los impuestos son muy caros, las cosas también. Sin estudios no conseguís nada, con estudios podés ser alguien en la vida. Es como que te da una segunda oportunidad de vida, podés ser profesor. Me gustaría trabajar en una empresa con computadoras, manejar máquinas. Me imagino que es un trabajo tranquilo y no tan forzoso. Que me vaya bien, eso quiero.
Cómo colaborar
Las personas que quieran ayudar a acondicionar la cocina del aula satélite pueden hacerlo donando al alias CONCIENCIADONACION o comunicarse con Inés al +54 9 11 4027 4055 o por mail a donantes@conciencia.org
Fuente: La Nación




