Ramón Vargas, hace 13 años: “Estamos agudizando los problemas, no los estamos resolviendo”

El crecimiento urbano, la pérdida de permeabilidad y las construcciones sobre zonas inundables ya eran señalados como factores de riesgo para Resistencia. Segunda Parte.

En la segunda parte de la entrevista realizada hace 13 años, el geólogo y ambientalista Ramón Vargas profundizó su análisis sobre el comportamiento del agua en Resistencia y advirtió que el crecimiento de la ciudad estaba modificando sustancialmente las condiciones naturales de escurrimiento.

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Según explicaba entonces, años atrás una lluvia de 100 milímetros en una hora podía generar anegamientos en tres o cuatro sectores tradicionalmente problemáticos. Sin embargo, advertía que el escenario estaba cambiando y que comenzaban a registrarse inundaciones en lugares que anteriormente no sufrían esos inconvenientes con precipitaciones de menor intensidad.

“Antes no estaba tan asfaltado ni había tanta construcción. Todo lo que se asfalta pierde permeabilidad. Los techos hacen que el agua se concentre más rápidamente”, señalaba Vargas.

Para el especialista, la creciente impermeabilización de la superficie urbana hacía que mayores volúmenes de agua se concentraran en períodos muy breves, sobrecargando el sistema de drenaje.

“Antes con 100 milímetros se inundaban las zonas clásicas, que siempre se han inundado porque antes eran arroyos y los tapamos con la altura. Pero ahora empiezan a inundarse otras zonas que antes no se inundaban con mucho menos milimetraje”, advertía.

Más árboles y menos impermeabilización

Vargas también planteaba la necesidad de modificar el modelo de crecimiento urbano y reclamaba una política mucho más intensa de forestación.

“Si no sacamos esto de experiencia para saber que para adelante no tenemos que hacer determinadas cosas, no tenemos que cortar los árboles. Tenemos que plantar mucho más árboles que los que tiene la ciudad”, sostenía.

Su planteo no se limitaba al comportamiento del agua. También relacionaba la pérdida de masa arbórea con el incremento de las temperaturas urbanas.

Explicaba que el asfalto y los frentes de las viviendas acumulaban calor y que, por ese motivo, la temperatura en la ciudad podía ser entre dos y tres grados superior a la de áreas rurales.

En ese contexto, advertía sobre la interacción entre las denominadas “islas de calor” urbanas y las masas de aire húmedo.

La superficie urbana caliente favorece —según su explicación— el ascenso del aire y puede contribuir a que las nubes se desarrollen rápidamente sobre la ciudad, descargando allí precipitaciones intensas.

“Estamos agudizando los problemas. No estamos resolviendo”, sintetizaba.

El antecedente de la Resolución 1.111

Uno de los puntos centrales de la entrevista fue la regulación del uso del suelo en zonas susceptibles de inundación.

Vargas recordaba que entre 1982 y 1997 se realizaron gestiones para conseguir financiamiento destinado al sistema de defensa contra inundaciones. Según relataba, el Banco Mundial había establecido como condición para otorgar el crédito que existiera una regulación del uso del suelo.

Ese proceso derivó en la Resolución 1.111, normativa que establecía diferentes categorías de riesgo y delimitaba zonas prohibidas, sectores de riesgo severo, áreas de riesgo leve y zonas consideradas permitidas.

El geólogo destacaba que para llegar a esa regulación se había realizado un estudio técnico en el que participaron especialistas de la Universidad y profesionales de distintos ámbitos.

También señalaba el rol de la Administración Provincial del Agua (APA), a la que identificaba como autoridad constitucional en materia hídrica.

Sin embargo, Vargas cuestionaba que con el paso de los años se hubieran autorizado emprendimientos dentro de áreas que, según su interpretación, debían permanecer libres de ocupación y rellenos.

Barrio La Ribera: la advertencia sobre el valle de inundación

Como uno de los primeros ejemplos de lo que consideraba una modificación de ese criterio, Vargas mencionaba al entonces denominado Solares de la Ribera, posteriormente conocido como barrio La Ribera, ubicado sobre la avenida Sarmiento, junto al río Negro.

Según relataba, cuando se desempeñaba como vocal de la Administración Provincial del Agua se había opuesto a la autorización del emprendimiento.

El proyecto había sido presentado —según su relato— bajo el concepto de viviendas palafíticas y con la promesa de no incorporar rellenos ni modificar el relieve natural del terreno.

Vargas sostenía que posteriormente esa condición no se habría cumplido.

“La primera casa que se está construyendo, con las fotos que han salido en los diarios y que mostró la propia empresa gestora de este proyecto, no tiene columnas, cuando la resolución obliga a que tenga columnas”, afirmaba.

Su argumento se apoyaba en una cuestión hidráulica: el terreno formaba parte del valle de inundación del río Negro y, por lo tanto, debía conservar su capacidad para recibir agua durante una creciente.

“El río Negro tiene derecho a crecer”, expresaba.

El problema de la estación de bombeo

Vargas también se detenía en un aspecto técnico que, según explicaba, suele ser difícil de comprender para quienes no están familiarizados con la hidráulica.

Mencionaba que en la salida del río Negro hacia el Paraná se había instalado una estación de bombeo con una capacidad determinada, pero advertía que una creciente podía transportar un volumen de agua considerablemente mayor.

Sin embargo, aclaraba que aumentar indiscriminadamente la capacidad de bombeo no necesariamente solucionaría el problema.

Según explicaba, en una llanura como la de Resistencia el funcionamiento de las bombas está condicionado por la velocidad con la que llega el agua y por el nivel que alcanza el sistema.

Relataba que se habían realizado modelos con estaciones de bombeo de distintas capacidades y que, paradójicamente, una estación de 70 metros cúbicos por segundo podía terminar evacuando más agua que otra de mayor capacidad.

La razón, según su explicación, estaba relacionada con el funcionamiento de las bombas cuando desciende el nivel del agua: al comenzar a incorporar aire, pueden producirse fenómenos que obliguen a detenerlas para evitar daños.

Por eso, sostenía que el problema no debía abordarse exclusivamente construyendo estaciones de mayor capacidad.

“La solución sería inclinar la ciudad para que el agua vaya más rápido, no poner una estación de bombeo más grande”, explicaba.

El valle de inundación: “El agua tiene que ir a algún lugar”

Para Vargas, la cuestión central estaba en comprender que el agua que deja de ocupar un espacio natural debe terminar necesariamente en otro.

Explicaba que entre la capacidad de bombeo y el volumen que puede transportar una creciente del río Negro existe una diferencia que necesita un espacio físico para ser absorbida.

Ese espacio, según su análisis, es precisamente el valle de inundación.

Por eso advertía que ocuparlo con viviendas, rellenos o construcciones podía trasladar el problema hacia otros sectores de la ciudad.

“Cada metro de tierra de edificación que se haga ahí dentro es un metro de agua que va a parar a otro lado. Antes se depositaba ahí y ahora se lo deposita en otro lado”, sostenía.

Y resumía su preocupación con una frase contundente:

“Hay que tener mucho cuidado. Y no están teniendo cuidado”.

Los rellenos y el efecto sobre otras zonas

El ambientalista cuestionaba particularmente los movimientos de suelo realizados para el acceso al barrio La Ribera.

Según relataba, pese a las restricciones existentes, se habían depositado grandes cantidades de tierra en el lugar.

“Todos los camiones de tierra que se depositaron allí es agua que va a parar a otro lado”, afirmaba, al considerar que el relleno reducía la capacidad natural del terreno para recibir agua.

“Para que se apruebe, mil promesas. Pero después las cosas son totalmente distintas”

También cuestionaba el control posterior de los emprendimientos privados.

Su argumento era que, una vez aprobado un proyecto bajo determinadas condiciones, los desarrolladores podían terminar modificando en los hechos las características originales del terreno.

“Para que se apruebe, mil promesas. Pero después las cosas son totalmente distintas”, señalaba.

El Palacio Legislativo y otra zona bajo cuestionamiento

Vargas extendía sus críticas a otro proyecto de gran magnitud: la construcción del Palacio Legislativo en una zona que consideraba inundable.

Según su relato, se trataba de un terreno cuya superficie estaba comprendida mayoritariamente dentro de áreas de restricción.

Afirmaba que aproximadamente el 60% correspondía a una zona de restricción severa y el 40% a una zona prohibida.

También recordaba que desde distintos sectores se había sostenido que el edificio podría construirse bajo el concepto de una estructura palafítica.

Sin embargo, Vargas cuestionaba las modificaciones que se produjeron posteriormente en las condiciones del terreno y del proyecto.

Relataba que el terreno había sufrido un descenso de aproximadamente dos metros respecto de la cota prevista inicialmente y que el proyecto ganador del concurso no contemplaba columnas que permitieran mantener el edificio elevado sobre el terreno natural.

Según su interpretación, la solución implicaba rellenar el sector.

Vargas sostenía que se había presentado un recurso para que el concurso fuera declarado desierto, pero cuestionaba que finalmente el proyecto fuera premiado y pagado, bajo la gestión como presidente de la Cámara de Diputados de Alicia Mastandrea.

Shopping Sarmiento: otra advertencia sobre los rellenos

En la entrevista, Vargas también se refería al proyecto del Shopping Sarmiento, impulsado durante la gestión del gobernador Jorge Capitanich y la intendenta Aída Ayala.

El especialista cuestionaba la decisión de realizar una inversión de esa magnitud en un área que consideraba vulnerable frente a las crecientes.

“Por favor, señor inversor, no sea estúpido”, relataba haberle dicho al empresario, al advertirle sobre el riesgo de inundación.

Según sus cálculos, el sector podía quedar expuesto a más de un metro y medio de agua por encima del nivel existente.

También mencionaba los rellenos realizados en terrenos vinculados al club San Fernando y cuestionaba la modificación de las cotas de referencia.

En particular, sostenía que se había autorizado rellenar determinados sectores por encima de la cota que, según su interpretación, correspondía a la línea de ribera.

El problema, advertía, no desaparecía por elevar artificialmente un terreno.

“El agua vamos a tener que sacarla por la estación de bombeo, pero se van a inundar otros lugares. Y esas horas de bombas las va a tener que pagar el contribuyente”, señalaba.

Una advertencia que apuntaba al futuro

El eje de la segunda parte de aquella entrevista puede resumirse en una idea que Vargas repetía de distintas maneras: el agua no desaparece porque se construya, se rellene o se modifique el terreno; simplemente busca otro lugar donde ir.

Por eso reclamaba respetar las normas de uso del suelo, conservar los espacios naturales de inundación y evitar que el crecimiento urbano termine trasladando el riesgo hacia sectores que históricamente no sufrían anegamientos.

“Directamente, estamos agudizando los problemas. No estamos resolviendo”, había advertido hace 13 años.

Hoy, cuando Resistencia vuelve a enfrentar episodios de lluvias intensas y anegamientos en distintos sectores, aquellas palabras adquieren una dimensión particular y vuelven a poner sobre la mesa una pregunta que Vargas planteaba entonces: ¿estamos aprendiendo de las inundaciones del pasado o seguimos ocupando los espacios que el agua necesita?

N. de la R: la imagen de Portada es una simulación, creado con IA.

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