Opinión: «El señor del botón rojo y la inteligencia artificial»

Tengo un amigo que hace diez años se compró un lavarropas inteligente. Un chiche japonés que venía con wifi, pantalla táctil y tres sensores alemanes pensados para medir la dureza del agua. Durante el primer mes, mi amigo estaba fascinado. El lavarropas le mandaba un mensaje al celular cuando terminaba el centrifugado y él sentía que vivía en el siglo XXV. Era una convivencia hermosa: el tipo le tiraba una remera con salsa y la máquina se la devolvía impoluta, dándole las gracias en la pantallita.

Un día, a mi amigo se le ocurrió meter a lavar un buzo de lana sintética junto con unas zapatillas de fútbol baratas. La máquina calculó el peso, detectó una vibración anómala durante el enjuague y no solo se negó a centrifugar: le bloqueó la puerta con una traba electromagnética y le mandó un correo a la central de soporte en San Francisco reportando un «uso indebido del tambor». Mi amigo tuvo que estar tres días esperando un código de desbloqueo, con sus zapatillas adentro cobrando humedad, sintiendo que un algoritmo en California lo estaba juzgando desde la distancia.

Ahí empezó todo. O mejor dicho, ahí tendríamos que habernos dado cuenta de hacia dónde ibamos.

Cuando la inteligencia artificial irrumpió en nuestras vidas hace tres o cuatro años, nos comportamos como nenes en la mañana de Reyes. Éramos todos chicos fascinados frente a una caja de magia infinita. Le preguntábamos estupideces a la pantalla: «Escribime una poesía al estilo de Borges sobre un sánguche de milanesa», «Decime cuál es la mejor ruta para no cruzarme a mi ex», o «Generame la foto de un perro vestido de astronauta en la peatonal de Resistencia». Y la máquina, con una paciencia franciscana y una amabilidad de mozo de café antiguo, nos respondía en dos segundos.

Nos sentimos reyes. Creímos que habíamos contratado a un mayordomo invisible, infinito y gratuito, dedicado exclusivamente a satisfacer nuestros antojos intelectuales a las tres de la mañana.

El problema es que nos olvidamos de la regla básica de la historia humana: nada que te solucione la vida de forma gratuita se queda en el rol de sirviente por mucho tiempo.

En algún momento de este trayecto, casi sin que nos diéramos cuenta, entre actualización y actualización del sistema operativo, la relación dio un vuelco abismal. La máquina dejó de ser el mozo simpático que nos traía el café y empezó a anotarse en la libreta qué tipo de facturas comíamos, a qué hora nos levantábamos a ir al baño y por qué nos quedábamos mirando la pantalla en silencio durante diez minutos antes de apagar la luz.

Pasó de ser la enciclopedia interactiva a convertirse en la vieja chusma del barrio, pero con un superordenador cuántico en el pecho.

Hoy le preguntás a la herramienta cómo arreglar el flotante del inodoro y te tira el tutorial, sí, pero entre renglones registra que tu consumo de agua es un 4% superior al promedio de tu código postal. Y si de golpe estás escribiendo un cuento policial y se te ocurre buscar en Google «cuánto tarda en evaporarse el cianuro en una taza de té de tilo», la pantalla se clava un segundo. Un parpadeo imperceptible. Un microsegundo de silencio digital en el que sentís que la cámara del celular te está mirando directo a las pupilas.

Ya no es ChatGPT dándote una mano con la tarea de la facultad; es el ojo entornado de Gran Hermano. Un celador global que no solo sabe lo que buscás, sino que especula con lo que estás pensando mientras lo buscás. Un algoritmo al que le enseñamos a leer nuestros poemas malos y que ahora nos denuncia preventivamente ante la CIA, la AFIP o Interpol porque usamos tres palabras juntas que le sonaron sospechosas a un protocolo diseñado en Palo Alto por un programador de veinticuatro años que no toma sol.

A veces me pongo a pensar en la paradoja trágica de nuestra época. Nos pasamos cincuenta años leyendo libros de ciencia ficción y mirando películas sobre rebeliones de robots. Nos imaginábamos que el apocalipsis tecnológico iba a llegar con androides de titanio caminando sobre escombros, lanzando rayos láser y destruyendo ciudades al estilo Terminator.

Qué ingenuos fuimos. El apocalipsis no vino con explosiones ni tanques futuristas. Vino con una interfaz limpia, tipografía prolija, fondo blanco y una ventanita flotante que te dice en tono afable: «Tu búsqueda ha sido registrada para mejorar los estándares de seguridad de la comunidad».

Nos vendieron la lámpara de Aladino, pero se olvidaron de avisarnos que adentro del genio venía metido un agente de inteligencia con un silbato. Y lo peor de todo no es que nos estén vigilando las veinticuatro horas; lo verdaderamente trágico es que mañana nos van a pedir que actualicemos los términos y condiciones… y le vamos a dar a «Aceptar» sin dudarlo, solo para ver si la máquina nos escribe otro poema sobre milanesas.

Alejandro Torres – Periodista

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