Opinión: «Escaneando recuerdos con el talonario en la mano»

Uno, que ya peina canas y vio pasar la historia de la carne argentina desde los tiempos en que el erotismo doméstico era una ciencia de la clandestinidad, no sale de su asombro. Pensar que hubo una época en la que el acceso a la contemplación prohibida era un ejercicio de alta ingeniería vecinal.
¿Se acuerdan, muchachos? Aquellas tardes de los noventa donde la suerte se medía en amigos con padrinos generosos. Si algún compañero del secundario tenía un hermano mayor desentendido o un tío viajero que dejaba olvidadas revistas con nombres rimbombantes bajo el colchón, el tipo se convertía automáticamente en el centro del sistema solar. Era pasar el tesoro en secreto en el fondo del aula, con el corazón en la boca, cuidando que la hoja no se rajara porque valía más que un lingote de oro. O, en su defecto, esperar la medianoche con la televisión abierta, transpirando frente al tubo catódico para adivinar entre la estática y las «gatitas y ratones de Porcel” si se llegaba a ver algo más que una sombra con lentejuelas. Era una industria artesanal, sufrida, de baja resolución y mucha fe.
Miren cómo cambió el mundo. Hoy los chicos no precisan mendigarle revistas ajenas a ningún pariente ni esperar que la pantalla del living haga interferencia. Todo pasa por el rectángulo luminoso del celular. Las plataformas digitales globalizaron el rubro, convirtieron los suscriptores en una estadística fría y las pantallas en aparadores internacionales.
Pero claro, la modernidad trae sus pequeños monstruos burocráticos. Resulta que la Agencia de Recaudación y Control Aduanero, lo que antes conocíamos con el entrañable y temido nombre de Direccion General Impositiva (DGI) ahora se llama ARCA y decidió salir de cacería por el ciberespacio. La noticia es que empezaron a mandar notificaciones y fiscalizaciones electrónicas a creadoras de contenido para adultos porque detectaron supuestas fortunas no declaradas de hasta 300.000 dólares.
El chiste, por supuesto, se cuenta solo y duele en pesos. Porque una de las chicas notificadas salió a decir que le reclaman una montaña de guita, con impuestos, multas e intereses que superan los 150 millones de pesos, por unos ingresos astronómicos que ella jura y perjura no haber visto ni en póster. El sistema fiscal cruza datos de las plataformas extranjeras y le endilga a la titular de la cuenta la torta entera, olvidándose de un pequeño detalle: en el medio operaban agencias intermediarias (muchas ya desaparecieron o se evaporaron con el viento digital) que se quedaban con la parte del león y a la creadora le bajaban apenas unasMigajas o un sueldo fijo en dólares que nada tenía que ver con la facturación real.
Es una postal hermosa de nuestra argentinidad. Por un lado, el algoritmo global, la modernidad líquida, los dólares que vuelan por el éter y la ilusión de la independencia económica desde una habitación con aro de luz. Por el otro, el Estado criollo con su ventanilla implacable, exigiéndole comprobantes de Telegram a una piba a la que una agencia fantasma le pagaba dos mangos para administrarle las redes.
Ya no son los amigos del colegio escondiendo folletos en la mochila ni las plumas de Canal 9 esquivando la censura de la medianoche. Ahora el erotismo paga Ganancias, o al menos el fisco quiere cobrarlo a los ponchazos, cruzando planillas de Excel como si los suscriptores de internet fueran contribuyentes de la Pampa Húmeda. Al final, lo único que no cambia nunca es que el amor, el arte y el vicio, tarde o temprano, terminan rindiéndole cuentas a la DGI, a la AFIP. Digo, a ARCA. Qué querés que te diga. La nostalgia era más barata.
Alejandro Torres – Periodista (recordador, en negro)




