Kelly: empezó con un pizarrón y 60 chicos qom, y 50 años después ve a sus alumnos convertidos en maestros

Junto a su esposo Juan Urlich, comenzó a enseñar hace medio siglo en una iglesia de una colonia rural chaqueña. Lo que nació con enormes carencias y una profunda vocación hoy es una escuela con más de 100 alumnos y una historia que continúa en las nuevas generaciones.

Publicada en Cadena 3, Córdoba

Hace 50 años, Kelly Avalle y su esposo, Juan Urlich, emprendieron una tarea que cambiaría para siempre la vida de una comunidad rural de Chaco: fundaron una escuela en una colonia aborigen ubicada a 15 kilómetros de Quitilipi.

Eran muy jóvenes y trabajaban en una escuela ubicada a 50 kilómetros de su ciudad. Cuando surgió la posibilidad de abrir una institución en la colonia, no dudaron. Comenzaron con unos 60 alumnos de primer grado, en un templo evangélico que les prestó el pastor Camilo Sánchez.

Tenían pocos recursos: un salón, los bancos de la iglesia y un solo pizarrón. Pero alcanzaba para empezar.

Un pizarrón, dos maestros y muchas ganas

La organización era sencilla. Mientras Juan utilizaba el pizarrón, Kelly trabajaba con los alumnos en sus cuadernos. Después intercambiaban las tareas.

Los chicos escribían sobre los bancos de la iglesia y, para que alcanzaran los útiles, llegaron a partir los lápices por la mitad. También consiguieron cuadernos que les fueron donados.

Al principio, todos cursaban primer grado. A mediados de año lograron dividir los grupos y comenzaron a trabajar con primero y segundo.

La enseñanza también implicaba superar una barrera lingüística. Los alumnos pertenecían a la comunidad toba y algunos no hablaban fluidamente castellano. Kelly recuerda que tuvo que aprender algunas palabras en lengua toba para enseñarles, entre ellas términos relacionados con el cuerpo que utilizaba para trabajar las vocales.

Con el tiempo, consiguieron bolsas para dividir el salón en dos espacios y cada docente pudo trabajar con su grupo.

La escuela que creció con la comunidad

Kelly y Juan nunca vivieron en la colonia: viajaban todos los días desde Quitilipi hasta la escuela.

Aquella institución que comenzó con 60 chicos hoy tiene más de 100 alumnos, con jardín de infantes y los niveles de primero a séptimo grado. También cuenta con profesores de Educación Física, aunque Kelly reconoce que continúa siendo una escuela humilde y con necesidades.

La institución lleva actualmente el nombre de su esposo: Escuela N° 875 Maestro José Urlich.

Pero uno de los mayores orgullos de Kelly no está en el crecimiento de la matrícula, sino en el legado que dejaron aquellos primeros años. Algunos de sus antiguos alumnos de primer grado hoy son docentes en la misma escuela.

“Alumnos míos de primer grado son maestros ahora ahí, maestros bilingües”, contó. También hay maestras jardineras que fueron alumnas de Kelly y Juan y que hoy trabajan en la institución.

“Enseñar es algo tan lindo”

Para Kelly, la satisfacción de ser maestra estaba en acompañar a los chicos desde sus primeros pasos. Recordó especialmente el desafío de recibir alumnos que todavía no sabían tomar correctamente un lápiz y ver cómo, al terminar el año, podían leer.

“Uno lo lleva en el corazón. Enseñar es algo tan lindo”, resumió.

Aunque se jubiló, Kelly continuó vinculada a la docencia. Trabajó en una escuela privada y estudió un terciario de Religión para poder enseñar Catequesis.

Su vínculo con aquella escuela tampoco se terminó. Participa de sus celebraciones y mantiene el contacto con docentes y alumnos.

La noche previa al Día del Maestro fue especialmente emotiva: compartió una celebración con los docentes de la institución y recibió regalos junto a quienes hoy mantienen vivo aquel proyecto que comenzó hace medio siglo.

Una maestra que sigue apostando a la esperanza

A sus años, Kelly conserva una mirada esperanzada sobre el futuro del país.

“Uno tiene que vivir con esperanza siempre y pensar en positivo”, sostuvo durante la entrevista. Para ella, las dificultades pasan y lo importante es rescatar lo bueno y seguir adelante.

Su historia resume medio siglo de educación, pero también una forma de entender la docencia: empezar con lo que había, aprender junto a los alumnos y dejar una huella que continúa en las nuevas generaciones.

Hoy, varios de aquellos chicos que aprendieron a leer y escribir con Kelly y Juan son quienes están al frente de las aulas.

Entrevista de Guillermo López.

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