Opinión: Malvinas, el regalo que no sabríamos dónde poner

El asunto de Malvinas tiene eso, esa rara mezcla de herida abierta y de sobremesa de asado dominguero, donde todos somos expertos en soberanía entre bocado y bocado de sobreasado (últimamente al vacío y la costilla la dejamos para ocasiones premium). Pero, si por un milagro de la diplomacia, esa disciplina que suele caminar más lento que una procesión en subida, Inglaterra un día nos toca el timbre y dice: «Che, Argentina, acá tenés las llaves, son tuyas», nos quedaríamos todos abrazados al título de propiedad y con la cara de ¿Y ahora de que nos disfrazamos?.
Porque, a ver, bajemos un cambio a la épica de estadio. Si nos las dan, ¿Qué hacemos?
Primero, están los habitantes de las islas. Esos tipos que llevan algo así como 193 años ahí, tomando el té a las cinco, y mirando el Atlántico Sur con otros ojos. ¿No habría que preguntarles? Uno puede ser muy patriota, pero en el siglo XXI, forzar un destino sobre gente que no quiere ser parte de tu club es, cuanto menos, un problema diplomático de dimensiones bíblicas. Imagináte integrar un territorio donde sus habitantes te miran como quien mira a un pariente borracho que acaba de llegar a la fiesta sin invitación. ¿Seríamos capaces de convivir, de tender puentes, o estaríamos ocupados tratando de imponer una bandera en una escuelita donde los chicos prefieren hablar en inglés?
Después está la pregunta del millón, la que no cabe en un tuit ni en un cantito de cancha: ¿estamos en condiciones? Porque esto no es solo recuperar el mapa, es hacerse cargo de un territorio de esa magnitud. Tenemos una capacidad, a veces, de gestionar lo nuestro con el entusiasmo de un náufrago tratando de atar dos ramas con un chicle. ¿Estamos preparados para administrar un archipiélago? ¿O vamos a repetir la historia de descuido y desidia que suele florecer en ciertos despachos oficiales donde, con suerte, saben dónde quedan en el mapa, pero no cómo se gestiona una provincia?
Y hablemos de lo que nos hace agua la boca: la pesca y el petróleo. Porque sí, es muy lindo el sentimiento, es muy emocionante ver a los jugadores de la Selección con una bandera, a «los pibes» de Malvinas, al corazón saltando cuando vemos el territorio en la parte de abajo de la silueta argentina. Pero si nos entregan las islas con todo lo que implican, ¿quién agarra el fierro caliente de la explotación offshore? ¿Estamos listos para transformar esos recursos en bienestar para el que hoy, en Resistencia o en Ushuaia, no tiene para el puchero, o simplemente vamos a ver cómo se licúan los beneficios en una danza de licitaciones oscuras y carteles de neón que nunca llegan al vecino?
Al final del día, el riesgo no es solo no recuperarlas. El riesgo es que, en un descuido del destino, nos las devuelvan y nosotros, en nuestra eterna capacidad de desaprovechar oportunidades por andar mirando la grieta del vecino, no sepamos qué hacer con ellas más que ponerlas en un portarretratos y seguir caminando, distraídos, por la misma cornisa de siempre.
Porque una cosa, indiscutible bajo ningún punto de vista, son el fervor, la épica del grito, el dolor de la historia; y otra muy distinta, mucho más aburrida pero infinitamente más necesaria, es la gestión, el respeto por el otro y la responsabilidad de saber qué miércoles vamos a hacer con el juguete nuevo el día que nos lo pongan en la mano. Y, te digo la verdad, hoy por hoy, me parece que nos falta un poco de banco para ese partido.
Alejandro Torres – Periodista




