Opinión: Elijo creer…que estamos rotos de amor

No nos vengan a explicar la desilusión. Si hay una disciplina en la que este país tiene un posgrado con honores, un máster en la Universidad del Golpe en el Pecho, es en quedarnos masticando la rabia con la mirada fija en una pantalla que ya entró en señal de ajuste (barra de colores).
Se terminó el Mundial. Y encima no lo ganamos.
Cuando el árbitro tocó el pitazo final y los festejos ajenos arrancaron en el televisor, el país entero pareció hacer ese segundo de silencio helado que precede a las tragedias domésticas. Ese segundo exacto después de que se cae el termo lleno de agua para el mate al piso. Nadie habla, nadie respira. Solamente miramos el charco.
Inmediatamente después, la máquina. La bendita y desquiciada máquina argentina de elucubrar.
A los cinco minutos del silbato ya no éramos cuarenta y cinco millones de hinchas dolidos; éramos cuarenta y cinco millones de fiscales de la realidad. “Bocha”, el almacenero de la esquina te explicaba con una servilleta usada que a Lionel lo apretaron los de la FIFA por eso la arenga antes del partido tenía menos emoción que el paseo de emprendedores de la bienal. El tío Eloy en la mesa familiar aseguraba que la pelota giraba para cualquier lado “cosa é locos, mijo, yo lo vi”. En Twitter salieron los ingenieros en física cuántica a tirar líneas entre las portadas de The Economist y las predicciones de Parravicini que demostraban una conspiración global financiada por tres potencias extranjeras para que nosotros no levantáramos la copa. Porque claro: a nosotros no nos pueden ganar así como así, acá hubo algo raro.
Visto desde afuera, desde los ojos de un australiano, de un canadiense o de un japonés, somos unos especímenes incomprensibles. Absurdos. Nos miran y dicen: “¿pero por qué no pueden aceptar que perdieron un partido de fútbol? ¿Por qué necesitan que haya un complot intergaláctico detrás de un pelotazo que no entró?”, a eso sumale que nos ven como una masa de soberbios incorregibles, histriónicos, arrogantes, unos tipos que se creen el ombligo del mundo y que cuando las cosas salen mal prefieren inventar un cuento de espías antes que admitir que el rival jugó un mejor.
Nosotros también nos vendemos esa película. Nos gusta la postura. Nos gusta creernos los más vivos del barrio, los que las sabemos todas, los que te militan la picardía y la viveza criolla como si fuera una ciencia exacta.
Pero la verdad… la verdad es otra. Y duele más que la derrota.
Porque cuando apagás la tele, cuando dejás el teléfono cargando sobre la mesita de luz y te quedás solo en el patio escuchando a los perros del vecino, te das cuenta de la mentira. Ni soberbios, ni villanos de película, ni los más despiertos del planeta.
Somos, nomás, un puñado gigante de seres humanos rotos de amor. Unos tipos con el pecho atorado de ganas de abrazar a alguien.
Lo del fútbol en la Argentina no es fútbol; es una excusa legal para desarmarnos. Vivimos todo el año aguantando. Aguantando la inflación, la alarma que suena a las seis de la mañana, la incertidumbre, la angustia que llevamos metida en el ciático desde hace décadas. Vivimos con la mandíbula apretada, caminando apurados, metiendo la cabeza para adentro como los caracoles cuando viene la tormenta.
Y el Mundial es el único lugar donde tenemos permiso para aflojar la mandíbula. Por eso queremos la conspiración. No porque seamos malos perdedores, sino porque nos da pánico aceptar que se terminó el único recreo donde nos permitíamos llorar de alegría sin tener que darle explicaciones a nadie. Porque ganar no era levantar una copa, ni ponersela a la altura del pito como el Dibu; era la posibilidad de salir a la calle a darle un beso en la frente a un desconocido, de colgarte del cuello de tu viejo como cuando tenías ocho años, de sentir que por un mes el mundo entero se acomodaba un poco.
Nos toca levantarnos con la resaca del sueño que no fue. Vamos a seguir puteando en el colectivo, vamos a seguir teorizando si el planteo táctico estuvo mal o si el árbitro estaba comprado. Vamos a seguir jugando a ser los más duros del pabellón por que “el Cuti y el Licha no le dieron la mano a…” que me importaaa!!.
Porque en el fondo, mientras juntamos los papelitos cortados que quedaron en el suelo y que ya nadie va a tirar, sabemos la verdad: somos un pueblo desmedido que solo busca un pretexto para quererse un poco más. Y eso, aunque no dé ninguna estrella en la camiseta, no hay conspiración en el mundo que nos lo pueda sacar.
Alejandro Torres – Periodista




