Vacaciones de invierno: qué recomiendan hacer cuando un chico dice “me aburro”

“¿Qué hacemos ahora?”, “Me aburro”, “Tengo hambre”. La escena se repite en muchas casas apenas terminan las clases o durante el fin de semana. Y la respuesta suele llegar casi de inmediato: una actividad, una salida, la televisión, el celular o cualquier propuesta que llene ese rato vacío.
Nadie quiere ver a un hijo aburrido. Sin embargo, cada vez más especialistas advierten que esa necesidad permanente de entretener a los chicos podría estar privándolos de una experiencia clave para su desarrollo.
Lejos de ser un problema, el aburrimiento puede convertirse en el punto de partida de habilidades como la creatividad, la autonomía y la resolución de problemas. La diferencia con generaciones anteriores es que hoy la infancia transcurre rodeada de estímulos permanentes: videos, redes sociales, videojuegos, actividades organizadas y contenidos disponibles con apenas deslizar un dedo sobre una pantalla.
En ese contexto, el cerebro tiene cada vez menos espacios de pausa. Y ahí aparece una de las principales preocupaciones de quienes estudian el desarrollo infantil. UNICEF advierte que el desafío ya no pasa solo por el tiempo frente a las pantallas, sino por el impacto que esa hiperestimulación tiene sobre el juego, el aprendizaje y el desarrollo social y emocional.

El aburrimiento también educa
Durante años, aburrirse fue considerado un problema que había que resolver cuanto antes. Sin embargo, desde las neurociencias ocurre exactamente lo contrario: esos momentos en los que aparentemente “no pasa nada” cumplen un papel fundamental en el desarrollo infantil porque obligan al cerebro a buscar alternativas, imaginar y crear.
Para Sol Rivera, psicóloga y especialista en neurociencias (MN 51.296), cuando un niño atraviesa ese tiempo sin que un adulto intervenga inmediatamente, pone en marcha procesos fundamentales para su desarrollo. “Los chicos crecieron en un entorno donde casi siempre existe un estímulo disponible. Entonces el cerebro se acostumbró a recibir novedades de manera permanente y disminuyó la tolerancia al vacío”, explica.
Y agrega que justamente ese vacío cumple una función que muchas veces los adultos olvidan: “El aburrimiento es ese momento donde aparentemente no pasa nada, hasta que el cerebro empieza a crear”.
Entonces, el aburrimiento deja de ser un tiempo perdido para convertirse en un espacio donde el cerebro trabaja de una manera diferente, favoreciendo la creatividad, la iniciativa y la resolución de problemas.
Cuando los padres intentan resolver cada “me aburro”
Para muchos adultos, escuchar un “me aburro” activa casi de inmediato la necesidad de intervenir. Aparece una propuesta de juego, una salida, una nueva actividad o, muchas veces, una pantalla para ocupar ese tiempo vacío. En una rutina atravesada por el trabajo, las obligaciones y la culpa por el poco tiempo compartido, la intención suele ser la mejor: evitar que los chicos la pasen mal.

Sin embargo, esa respuesta inmediata puede impedir que los niños desarrollen una habilidad que resulta clave para su crecimiento: aprender a buscar por sí mismos cómo salir del aburrimiento.
Rivera aclara que la mayoría de los padres actúa con las mejores intenciones: “Muchas veces creen que ser un buen padre significa mantener siempre feliz al hijo. Entonces aparece el ‘me aburro’ y enseguida buscan una solución”.
Pero esa reacción también transmite un mensaje que muchas veces pasa inadvertido. «Sin querer, el chico aprende que si se aburre alguien va a resolver ese vacío por él. Y justamente aprender a atravesar ese aburrimiento forma parte del desarrollo de la autonomía».
Por eso, la especialista propone cambiar la reacción automática por preguntas que inviten a pensar y crear. “En lugar de ofrecer una solución enseguida, podemos devolver la pregunta: ‘¿Qué se te ocurre hacer?’, ‘¿Qué podrías inventar?’, ‘¿Con qué podrías jugar?’. Al principio les cuesta, pero justamente ahí empieza el aprendizaje».
Para Rivera, el desafío no es convertirse en animadores permanentes de la infancia, sino confiar en que los chicos pueden encontrar sus propios recursos. Y suma: “No somos directores de entretenimiento. Somos acompañantes del crecimiento”.
Más estímulos no siempre significan más desarrollo
Otra consecuencia de la hiperestimulación aparece en la forma en que los chicos viven la espera. “Las plataformas digitales están diseñadas para ofrecer recompensas inmediatas. Cada pocos segundos aparece un estímulo nuevo que genera dopamina. Entonces el cerebro se acostumbra a esa velocidad y actividades cotidianas como esperar un turno, viajar en auto o permanecer algunos minutos sin hacer nada empiezan a sentirse demasiado lentas», explica Rivera.
Es por eso que “muchas veces los padres creen que el problema es el aburrimiento, cuando en realidad el chico todavía no aprendió a iniciar un juego por su cuenta. Hay una enorme diferencia entre ambas cosas.»

Incluso la profesional señala que un niño sobreestimulado puede parecer aburrido cuando, en realidad, ocurre exactamente lo contrario. En esos casos, expresa que “necesita cambiar de actividad todo el tiempo, nada logra sostener su interés, pide pantallas rápidamente y requiere cada vez más estímulos para sentirse entretenido. Paradójicamente parece aburrido, cuando en realidad está saturado.»
Para la especialista, recuperar momentos de ocio no significa volver a una infancia sin tecnología ni prohibir las pantallas. El desafío pasa por devolverles a los chicos algo que hoy escasea: tiempo para inventar, explorar y descubrir que muchas veces la creatividad aparece justo después de esos minutos que tanto cuesta atravesar.
Fuente: TN



