Opinión: La cobardía a dos dedos de distancia
Por Alejandro Torres - Periodista

Hay una escena maravillosa que se repite todos los días en la vida real. Te cruzás a un tipo en la vereda, te roza el hombro sin querer y se deshace en disculpas. «Disculpame, che», te dice, y vos le decís «no pasa nada, maestro», y los dos siguen su camino como gente civilizada. Ese mismo tipo, dos horas después, está sentado en el inodoro de su casa, mirando facebook con la pantalla del teléfono medio astillada y le escribe a alguien conocido que acaba de chocar en la ruta: «Ojalá te mueras, pedazo de hijuemil, bien merecido lo tenés».
Ahí, en ese salto mortal entre el tipo que pide perdón por rozarte el brazo y el monstruo que le desea la muerte a un tipo que está internado o sufrió una desagracia, habita la fauna moderna. La fauna del avatar sin foto y la libertad mal entendida.
Nos convencieron de que las redes sociales eran la democratización de la palabra. «Ahora todos tienen voz», nos dijeron. Y sonaba hermoso. Lo que se olvidaron de avisarnos es que, al quitar la cara, el cuerpo y la posibilidad física de que alguien te ponga un bife por desubicado, la voz se convierte en un ladrido. En un vómito sin filtro.
Existe hoy una especie de contrato perverso, no escrito pero acatado por la masa, que dice que si sos una figura pública ( político, deportista, periodista o si saliste dos veces en la tele) firmaste un pagaré invisible. Un documento por el cual le entregás tu derecho a la dignidad a una turba de anónimos. Como sos «público» (o famoso como decíamos antes), el razonamiento idiota dicta que te tenés que bancar todo. Te tenés que bancar que opinen de tu cuerpo, de tu familia, de si te dio un ACV o de si te estás desangrando al costado de una ruta después de un accidente. «Y bueno, es el precio de la exposición», te tiran los especialistas (en casi todo) del libertinaje digital, masticando una empanada chorreante mientras teclean barbaridades.
Hay un libertinaje cobarde en todo esto. Una impunidad de entrecasa, con el ventilador prendido y las patas sobre la mesa. Porque nadie, absolutamente nadie, se le acerca a un tipo internado en una cama de hospital a decirle en la cara lo que le escribe en un comentario de Instagram. Nadie mira a los ojos a la madre de un chico asesinado para tirarle una teoría conspirativa típica de una sobremesa de viernes cultural. No lo hacen porque para eso se necesita sangre, y para bardear en internet solo se necesitan dos dedos y una conexión a Wi-Fi de tres megas.
Es la paradoja de nuestro tiempo: nunca tuvimos tanta libertad para decir lo que pensamos, y nunca la usamos para decir tantas pelotudeces.
Nos escudamos en la «libertad de expresión» como si fuera una licencia para ser despiadados. Confundimos el derecho a opinar con la obligación de ser crueles. Y mientras tanto, del otro lado de la pantalla, esa pequeña pantalla que nos anestesia el alma, siempre hay una persona de carne y hueso. Alguien que sangra, que tiene familia, que se asusta, o que pelea por su vida en una sala de urgencias.
A veces me da por pensar que no nos faltan leyes ni moderadores de contenido. Lo que nos falta es un poquito de pudor. O, al menos, la mínima valentía de sostener con los ojos lo que escribimos con los dedos. Pero claro, pedir eso en estos tiempos es casi como pedir un milagro. Es más fácil seguir tirando piedras desde la cueva, total la cueva tiene clave de acceso y nadie nos ve la cara.




