Opinión: La fama de bolsillo y el berrinche de quererlo todo ya
Una época en la que cualquiera puede sentirse rey (o reina) por un rato, siempre que el algoritmo tenga la gentileza de prestarle atención.

Hay algo que me viene dando vueltas en la cabeza. Será la edad, los años mirando gente o el oficio de preguntarse por qué carajo hacemos lo que hacemos. La cuestión es que estamos cada vez más apurados por ser alguien.
No mañana, cuando hayamos aprendido algo. Ahora. Ya. En este preciso instante, aunque todavía no sepamos muy bien qué queremos hacer con nuestra vida.
Y si no nos reconocen, nos enojamos.
A veces subimos una historia. Otras, un video. Y si la cosa no prende, nos queda esa sensación de que el mundo entero está cometiendo una injusticia por no haberle dado «me gusta» a nuestra existencia.
Hace poco circuló en redes un video de contenido íntimo protagonizado por alumnos de una reconocida escuela de Resistencia. No voy a reproducirlo ni detenerme en sus detalles: hay menores involucrados y la intimidad de una persona no debería convertirse en entretenimiento colectivo.
Pero el episodio permite hacerse algunas preguntas.
¿Qué ocurre cuando la necesidad de ser vistos pesa más que el cuidado de uno mismo y de los demás? ¿Qué lugar ocupa el deseo de volverse viral frente a las consecuencias que puede tener una exposición?
No es una cuestión exclusiva de los adolescentes. Los adultos llevamos siglos haciendo pavadas para llamar la atención. La diferencia es que ahora tenemos una cámara en el bolsillo y una multitud disponible las veinticuatro horas.
Un invento maravilloso para quien tiene algo que contar. Y un peligroso escenario para quien cree que existir depende de que lo miren.
El problema no es querer reconocimiento. A todos nos gusta que alguien nos diga: «Che, lo que hiciste estuvo bueno». El problema aparece cuando el reconocimiento deja de ser una consecuencia y se convierte en el único objetivo.
Ahí ya no importa demasiado qué hacemos.
Importa que nos vean.
Y después están los adultos. Porque sería muy cómodo echarles toda la culpa a los jóvenes y quedarnos tomando mate con nuestra superioridad moral.
Hay profesionales con títulos, trayectoria y años de trabajo que parecen haber descubierto una vocación paralela: autoproclamarse importantes.
Algunos se ponen coronas simbólicas, se inventan jerarquías y se presentan como integrantes de una realeza cuya fundación, por lo visto, se perdió en algún grupo de WhatsApp.
Uno primero se ríe. Después se desconcierta. Y a veces, si mira un poco más, le da tristeza.
Porque detrás de esa necesidad de parecer extraordinario puede haber una persona que nunca recibió el reconocimiento que esperaba. Y eso merece una mirada humana.
Pero también conviene recordar algo: una corona no reemplaza una trayectoria, del mismo modo que una publicación no reemplaza el trabajo que todavía no hicimos.
Hay gente que construye durante años sin anunciar que es excepcional. Y hay gente que anuncia su excepcionalidad antes de terminar de construir el primer piso.
La diferencia no está en la cantidad de seguidores. Está en lo que uno es capaz de hacer cuando se apaga la cámara.
Hace años, Sumo dejó una frase que parece escrita para nuestro presente:
«No sé lo que quiero, pero lo quiero ya».
Luca Prodan quizá no imaginaba que, con el tiempo, esa idea iba a servir para explicar a una sociedad que quiere éxito inmediato, reconocimiento inmediato, dinero inmediato y, si es posible, una ovación antes del desayuno.
No sé qué quiero, pero lo quiero.
No sé cómo conseguirlo, pero alguien debería darme una oportunidad.
Y si no me la dan, voy a explicar en siete historias por qué el mundo está equivocado.
El berrinche virtual no siempre se parece a un chico tirado en el supermercado porque no le compraron un chocolate. A veces viene con buena iluminación, una frase contundente y una capacidad admirable para convertir cualquier desacuerdo en una guerra mundial.
Nos cuesta aceptar que las cosas importantes necesitan tiempo. Que aprender lleva tiempo. Que una trayectoria no se fabrica con tres publicaciones y que el reconocimiento no es una obligación que el resto de la humanidad tiene con nosotros.
Me parece que la fama está tan vieja que ya tiene mala memoria y ahora la está suplantando la viralidad que es una cosa bastante caprichosa. Hoy te mira. Mañana mira a otro. Pasado mañana no se acuerda de ninguno.
Y nosotros, que hace un rato nos sentíamos protagonistas de una revolución, terminamos preguntándonos por qué nadie comenta la nueva publicación.
No hay nada malo en volverse viral. Una habilidad, una obra, una ocurrencia o una oportunidad pueden encontrar su público en las redes. El problema es confundir la atención con el valor.
Que miles de personas miren algo no significa que ese algo sea importante. Que una publicación tenga muchas reacciones no convierte automáticamente a su protagonista en alguien valioso.
La viralidad mide circulación.
No entrega certificados de mérito.
Mientras tanto, hay personas que trabajan, estudian, cuidan, aprenden oficios, ensayan, crean y sostienen familias sin que nadie les ponga una cámara adelante. No tienen garantizado un aplauso, pero siguen haciendo lo que tienen que hacer.
Y quizá ahí esté una de las grandes contradicciones de nuestra época: medimos la importancia de una vida con herramientas diseñadas para medir la atención.
Un corazón rojo no está mal. El problema es cuando empezamos a necesitarlo para sentir que existimos.
A veces pienso que necesitamos recuperar ese derecho a ser una persona común.
El derecho a hacer algo bien sin convertirlo en contenido. A equivocarnos sin que una multitud opine. A aprender sin tener que demostrar que ya somos expertos. A trabajar durante años sin que nadie nos declare genios.
Yo conozco el gusto de que valoren lo que uno hace. Trabajé décadas en los medios y sé lo importante que es que una idea encuentre su público. No hay nada malo en buscar reconocimiento.
Lo que me preocupa es cuando dedicamos más energía a parecer que a ser.
Cuando la imagen pública se vuelve más importante que la vida que hay detrás.
Cuando esperamos que el mundo nos entregue una ovación por el simple hecho de haber llegado.
Tal vez deberíamos preguntarnos qué buscamos cada vez que publicamos algo. ¿Compartir? ¿Crear? ¿Trabajar? ¿Comunicar? ¿O simplemente que alguien nos confirme que somos importantes?
Porque si algún día llega la fama, bienvenida sea. Que nos encuentre haciendo algo que nos guste y que tenga algún sentido.
Y si no llega, tampoco estaría mal.
Después de todo, hay una cantidad enorme de gente valiosa que nunca se volvió viral.
Por suerte, todavía no hace falta que nos conozca el mundo entero para que nuestra vida tenga valor.
Y si alguien quiere una corona, que por lo menos se acuerde de sacársela cuando tenga que trabajar.
Por: Alejandro Torres .- Periodista (y de vez en cuando vuelvo a escuchar Sumo)




