Opinión: La macro, la micro y los caramelos del chino

En los barrios de Resistencia todavía existen esos lugares que uno conoce desde siempre: el almacén de las mellizas, la despensa de Doña Rubi, el kiosco que abre aunque llueva y la carniceria del tio Tuna.
Son comercios que sobreviven haciendo malabares. Y no hablo de los malabaristas de los semáforos, aunque últimamente la diferencia es bastante discutible.
El almacenero hace cuentas. El kiosquero hace cuentas. El vecino hace cuentas. Todos hacemos cuentas.
La diferencia es que antes uno calculaba cuánto le quedaba del sueldo después de pagar las cosas. Ahora calcula cuánto de las cosas puede dejar de comprar para que el sueldo llegue hasta fin de mes.
-¿Cuánto está?
-Tres mil quinientos.
-¿Y por unidad?
-Mil doscientos.
-Bueno, dame uno.
Y ahí aparece uno de los grandes inventos de la economía argentina moderna: comprar por partes.
Medio kilo de yerba. Un cuarto de queso. Dos milanesas. Tres huevos. Un paquete de fideos. Y si queda algo, vemos.
El comercio de barrio se convirtió, casi sin querer, en una especie de consultorio financiero.
Uno entra a comprar pan y termina explicándole al almacenero que este mes cobró menos, que la tarjeta vino con una barbaridad, que el seguro aumentó, que la luz se fue al demonio y que el perro, además, está comiendo como si fuera accionista de Mercado Libre.
El almacenero escucha, sonríe, asiente y dice:
-Estamos todos iguales, Hasta las manos (por no decir otra parte del cuerpo)
Y sigue atendiendo.
Porque ese «estamos todos iguales» es una frase que en la Argentina puede significar cualquier cosa menos que estamos todos iguales.
También está el chino del supermercado.
Ese merece un capítulo aparte.
Arranquemos diciendo que el supermercado chino es el unico lugar donde el changuito tiene vida propia y tiene una rueda que gira para cualquier lado menos para donde uno quiere.
El chino tiene una política monetaria propia: cuando no tiene monedas para darte de vuelto, te entrega caramelos.
Cincuenta pesos. Un caramelo.
Cien pesos. Otro caramelo.
Doscientos pesos. Dos caramelos.
Y uno se los guarda, los junta en un cajón.
Un día abre ese cajón y descubre que tiene una pequeña reserva estratégica de caramelos suficiente para afrontar una crisis alimentaria.
Entonces me pregunto: ¿qué pasaría si mañana voy al supermercado chino y le digo:
-Maestlo, te pago con esto.
Y le tiro arriba del mostrador todos los caramelos que me fue dando durante el año.
Probablemente me mire en silencio.
Después mire los caramelos.
Después vuelva a mirarme.
Y finalmente me diga:
-No, amio. Eso no vale.
Ahí está la genialidad de nuestra economía.
El caramelo sirve cuando te lo dan, pero deja de servir cuando querés devolverlo.
Una especie de metáfora perfecta del país.
A nivel nacional nos hablan permanentemente de «la macro».
La macro sube.
La macro baja.
La macro se acomoda.
Solo falta alguno que diga «Con la macro se vive, se come, se educa», etc.
Y el problema es que mientras te explican la macro, la micro te está rompiendo la cabeza.
(Y, paradójicamente, también otra parte del cuerpo).
Porque la macro podrá tener superávit, déficit, reservas, riesgo país, bonos, tasas, inflación núcleo y todas esas palabras que uno escucha en televisión mientras mira el precio del aceite.
Pero después uno sale de casa y se encuentra con la micro.
La micro está en la góndola.
Está en la boleta.
Está en el alquiler.
Está en la farmacia.
Está en la carnicería.
Está en el kiosco.
Está en ese «¿cuánto está?» que ya pronunciamos con la misma naturalidad con la que antes decíamos «buen día».
Y los comerciantes de barrio están ahí, en el medio de todo esto, tratando de vender sin espantar al cliente y de comprar sin fundirse.
Porque el comerciante también tiene que vivir.
Tiene que pagar alquiler, luz, impuestos, proveedores, empleados, transporte y, si tiene suerte, llevar algo a su casa.
Entonces hace malabares.
Compra menos.
Cambia de proveedor.
Busca una marca más barata.
Sube un precio.
Baja otro.
Fía al vecino que conoce desde hace veinte años.
Y a veces vende con una sonrisa aunque por dentro esté haciendo una cuenta que no cierra ni con calculadora científica.
Mientras tanto, nosotros hacemos lo mismo desde el otro lado del mostrador.
Malabares.
Cada uno con sus herramientas.
El comerciante con la calculadora.
El vecino con la tarjeta.
El jubilado con el monedero.
El kiosquero con la lista de precios.
Y el chino con los caramelos.
Definitivamente, la Argentina consiguió algo extraordinario.
Hace años alguien dijo que estábamos «al borde del abismo».
Hoy, con una economía mucho más moderna y sofisticada, podemos afirmar con absoluta tranquilidad que dimos un paso hacia adelante.
El problema es que nadie nos avisó que adelante también había un pozo.
Y ahí estamos.
Tratando de no caer.
Haciendo malabares.
Con tres billetes en el bolsillo, cuatro cuentas por pagar y un puñado de caramelos que, por alguna razón, todavía creemos que algún día van a servir para comprar algo.
Alejandro Torres – Periodista (y kiosquero)




