Resistencia: donde se valora los objetos por encima de la vida

Yo tengo una teoría —medio de almacén, medio de trasnochado— de que los seres humanos le tenemos un respeto reverencial a las cosas que nos costaron caras. 

Si te comprás un televisor de ochenta pulgadas, le ponés un soporte que aguantaría el peso de un Fitito. Si te comprás un termo importado, lo cuidás como si fuera un hijo de sangre azul. Pero con la cabeza no pasa lo mismo. La cabeza nos vino gratis de fábrica, y como no costó un mango, la tratamos con el desprecio con el que se trata a los folletos que te tiran por debajo de la puerta.

El otro día me paré en una esquina cualquiera, como a mirar el paisaje. Si uno se queda quieto cinco minutos en una avenida de esta ciudad, se da cuenta de que la física acá es una ciencia de ficción. El tránsito no fluye: se amontona, se esquiva, sobrevive. Y en el medio de ese caos, las motos. Miles de motos.

Lo que me llamó la atención —y me heló la sangre a pesar de los treinta y pico de grados— no fue la cantidad de motovehículos, sino lo que llevaba la gente arriba de los hombros. O mejor dicho, lo que NO  llevaba.

Ver circular a una familia entera —mamá, papá y un nene en el medio sosteniendo una bolsa de pañales— arriba de una 110 cc, todos con el pelo al viento, genera una mezcla extraña de ternura tercermundista y pánico puro.

 

Y ahí es donde entra el segundo gran personaje de esta historia: el Municipio.

Se pusieron serios y decretaron  «Tolerancia 0» (guiño, guiño), secuestraron motos en Av. Alberdi, pusieron multas por ruidos molestos y prohibieron entrar sin casco al Parque de la Democracia, (cuando hay grupos de whatsapp y Telegram en donde uno se entera donde se hacen los operativos).

Todo muy lindo para la foto. Pero cualquiera que camine por las calles de Resistencia sabe cómo funciona el truco. Los controles municipales en la ciudad son como las langostas en verano, caen con todo durante tres horas, no se salva nadie de su “rigor” (te empapelan con infracciones), y después no las ves más.

El resultado está a la vista de cualquiera que pase un rato por la guardia del Hospital Perrando. No hace falta ser un genio de las estadísticas para saber que los accidentes en moto son la epidemia silenciosa de la región. Meses atras, sin ir más lejos, hubo choques brutales donde el impacto fue tan tremendo que los pocos cascos que sí estaban puestos se partieron a la mitad. Imaginate lo que le pasa a una nuca desnuda cuando golpea contra el asfalto a sesenta kilómetros por hora. No hay milagro que aguante.

Foto: Es Chaco

El problema es que nos acostumbramos 

Nos parece normal ver gente esquivando coches, con una mano en el acelerador y la otra mensajeando por el celular, con la cabeza desprotegida como si fueran a jugar un picadito de fútbol en la canchita del barrio. Y nos parece normal que el Estado local aparezca solo cuando hay que recaudar o cuando la estadística de muertos ya se volvió un número obsceno para los títulos de los portales.

Falta educación, seguro. Falta que entendamos que el cráneo no es de titanio. Pero sobre todo, falta una presencia constante, previsible, de esas que te obliguen a cuidarte aunque no quieras. Porque cuando el control es un evento esporádico, la seguridad vial se convierte en una timba. Y en esa timba, tarde o temprano, la casa siempre gana.

Por Alejandro Torres

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