Un brindis (con aire) por los ingenieros de la paciencia

El otro día leí un comunicado de Sameep que me devolvió el alma al cuerpo. Informaron, con esa prosa técnica y celestial que los caracteriza, que «intensificaron los trabajos para normalizar el servicio de agua potable en distintos sectores de Resistencia». Qué alivio, che. Menos mal que nos avisan, porque uno, que es un ignorante indocumentado en materia de fluidos, abre la canilla, escucha ese soplido asmático que sale del caño y piensa que se terminó el mundo. Pero no. Son solo «supuestas fallas mecánicas».

Hay que tener el corazón de piedra para no conmoverse con la épica de estos muchachos. Mientras el vecino promedio del Gran Resistencia lleva días, semanas, o (para los más afortunados de la periferia) meses ensayando el milenario arte de la danza de la lluvia frente al bidet, en las oficinas de la empresa se vive una gesta heroica. Están intensificando. No sabemos bien qué, pero lo intensifican con ganas.

El problema es que la realidad es muy ansiosa y la ciudad comete el pecado de crecer. Resistencia se expande, aparecen barrios, se levantan torres, pero abajo, en el subsuelo, las cañerías resisten con el espíritu de un veterano de guerra. Son conexiones arqueológicas, piezas de museo que Sameep cuida con tanto recelo que prefiere no tocarlas ni actualizarlas. ¿Para qué invertir en caños nuevos si los viejos todavía pueden transportar un hilo de barro cada tres jueves? La falta de inversión no es desidia; es respeto por la historia viva de la infraestructura hidráulica.

A esto se le suma una hermosa cadena de libertades. Primero, la libertad que tienen los amigos de lo ajeno para llevarse los medidores de bronce como si fueran souvenires de una Resistencia que alguna vez tuvo presión. Y segundo, la maravillosa falta de control, esa sana costumbre estatal de mirar para otro lado para no estresar a los inspectores. Todo coordinado en un ecosistema perfecto donde lo único que fluye es la indignación.

Por eso, la próxima vez que intentes bañarte con un chorrito de agua que tiene el caudal de una lágrima de San Cayetano, no te quejes. No seas materialista. Pensá que tuviste la misma suerte que ganarse la poceada y además que en algún lugar hay un operario intensificando un trabajo, un caño oxidado pidiendo clemencia y un comunicado de prensa listo para explicarte que, en realidad, el agua corriente es un concepto demasiado moderno para una ciudad que crece con los pies secos.

Por: Alejandro Torres – Periodista

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