El país que discute un cuerno mientras le rematan el living

Hay algo que me viene haciendo ruido hace tiempo.

No la pelea entre Yanina Latorre y Mauro Icardi. Esa no.

Me hace ruido que esa pelea tenga la misma jerarquía que un escándalo de corrupción, una causa judicial que compromete a un expresidente, una estafa financiera que salpicó al Gobierno o que un jubilado tenga que elegir entre comprar medicamentos o comer carne una vez por semana.

Entramos al celular buscando cinco minutos de distracción y terminamos sabiendo quién dejó de seguir a quién, quién le puso un «me gusta» sospechoso a una foto y si la China Suárez fue infiel, víctima o protagonista de un nuevo capítulo de una novela que ni siquiera escribieron buenos guionistas.

Mientras tanto, el caso Libra desaparece del radar. La causa Vialidad aparece apenas como un zócalo. Los salarios pierden otra carrera contra los precios. Millones de argentinos llegan al día veinte haciendo cuentas con la calculadora del teléfono. Otros millones ni siquiera tienen un trabajo fijo para hacer esas cuentas.

Pero eso dura poco. Enseguida vuelve el algoritmo con un video de treinta segundos donde alguien dice «no puedo creer lo que hizo Wanda».

Y ahí estamos nosotros. Mirando.

No porque seamos malos. Porque es más fácil.

Es infinitamente más liviano discutir un romance ajeno que preguntarse por qué un país que produce alimentos tiene casi la mitad de su población bajo la línea de pobreza. Es menos angustiante debatir un chat filtrado que entender cómo funciona una licitación, una causa judicial o una criptomoneda que le hizo perder millones a pequeños inversores.

La farándula no es el problema.

El problema es cuando ocupa el lugar de todo lo demás.

Cuando un programa de espectáculos consigue más horas de debate que el presupuesto nacional. Cuando conocemos el itinerario sentimental de una influencer pero ignoramos cuánto cobra un docente. Cuando un escándalo amoroso genera más indignación que un funcionario sospechado de corrupción.

Nos convencieron de que estar informados es consumir contenido. Y no es lo mismo.

Porque una cosa es saberlo todo sobre la vida privada de famosos. Otra muy distinta es entender qué pasa con el país donde vivimos.

Quizás el drama no sea que exista el entretenimiento. Todos necesitamos reírnos de algo. Desenchufarnos un rato. Mirar una pavada antes de dormir.

El drama empieza cuando ese rato se convierte en todo el tiempo.

Cuando las noticias importantes duran un suspiro y los chimentos sobreviven semanas enteras.

Cuando discutimos con pasión quién engañó a quién, pero ya ni recordamos por qué había gente marchando la semana pasada.

No es culpa de Yanina. Ni de Icardi. Ni de Wanda. Ni de la China.

Ellos hacen su trabajo. Nosotros elegimos dónde mirar.

Y un país también se define por eso: por las conversaciones que decide tener.

Porque mientras discutimos un supuesto cuerno, hay quienes nos cambian los muebles de lugar.

Y cuando levantamos la vista, el living ya no se parece al que teníamos.

 

Por Alejandro Torres – Periodista.

 

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Instagram