La caja de Pandora que abrieron las denuncias de dos jóvenes

La valentía es una virtud bastante cómoda cuando se la mira desde afuera. Todos hablamos de ella. Todos la admiramos. Todos creemos tenerla. Hasta que llega el momento de usarla.

Porque ser valiente no siempre significa enfrentarse a un delincuente, plantarse frente a una multitud o hacer algo que después merece una película. A veces la valentía consiste, simplemente, en sentarse frente a un operador judicial o policial, abrir una puerta que uno hubiera preferido mantener cerrada y contar algo que duele.

Después viene lo peor: esperar.

Esperar que alguien escuche. Que alguien investigue. Que alguien crea. Que la burocracia deje de caminar a la velocidad de una tortuga con la carpeta bajo el brazo. Esperar justicia, incluso sin saber si algún día va a llegar.

Eso hicieron dos mujeres jóvenes.

Y sus denuncias terminaron abriendo una caja de Pandora que, por lo que empieza a conocerse, estaba guardada hacía bastante tiempo.

En una primera causa, una joven denunció a su expareja por violencia de género, acoso y maltrato. Entre los hechos relatados, aparece uno particularmente perturbador: el envío de imágenes de mujeres asesinadas en el Chaco, material al que habría tenido acceso por su actividad laboral dentro del ámbito judicial (y por el que nuevamente somos famosos a nivel nacional, recuerdan?), si, el caso Simoni.

Denunciaron a un trabajador judicial por violencia de género y misoginia

Pero quizás lo más inquietante no sea solamente aquello que habría hecho una persona. Lo inquietante es todo lo que había alrededor: Personas que sabían. Personas que veían. Personas que escuchaban.

Personas que advertían conductas y que, en algunos casos, hasta podían notar el estado en el que el denunciado llegaba a trabajar.

Y, mientras tanto, la víctima estaba ahí. Sufriendo. Intentando explicar. Intentando ser escuchada.

Como suele ocurrir tantas veces: acompañada en silencio.

Porque el silencio tiene esa extraordinaria capacidad de parecer solidaridad cuando en realidad muchas veces es comodidad.

“Yo no me quiero meter.”

“Es un problema de ellos.”

“Algo habrá pasado» o «algo habrá hecho ella»

“Capaz que exagera.”

“Mejor no decir nada.”

La sociedad tiene un repertorio impresionante de frases para no hacer absolutamente nada.

No quedó en ese caso

Después llegó una segunda denuncia. Esta vez contra Gustavo Kumiega, un médico reconocido, por Presunto Abuso Sexual, entre otros hechos, que determinará la fiscal si constituyen delitos o no. Y en este caso aparecieron otras mujeres dispuestas a contar sus propias experiencias, online primero y luego en sede judicial, dejando a los operadores estupefactos.

Se suman las denuncias por abuso sexual y mala praxis contra el ginecólogo Gustavo Kumiega

Y otra vez apareció una pregunta incómoda.

¿Nadie sabía?

Porque, según los testimonios que comenzaron a circular a partir de estas denuncias, dentro de la comunidad médica ya existían desde hacía años comentarios y advertencias sobre determinadas conductas del profesional desde su época de residente.

Que no respetaba protocolos.

Que no entregaba determinados informes sobre sus intervenciones.

Que tenía comportamientos inapropiados con pacientes.

Y lo peor, que inventaba enfermedades gravísimas con solo observar a la paciente o hacer una ecografía, programaba intervenciones y hasta advertía sobre posibles riesgos si no seguían sus instrucciones específicas al pie de la letra, con pocos días de anticipación y sin otro estudio previo, más que su opinión.

Que algunas pacientes llegaban posteriormente a otros profesionales contando diagnósticos o explicaciones que no coincidían con lo que finalmente encontraban quienes las atendían.

Todo eso, si efectivamente era conocido, abre una pregunta que resulta bastante más incómoda que cualquier denuncia:

¿Cuánto tiempo puede una institución mirar hacia otro lado antes de convertirse también en parte del problema?

Porque una cosa es no saber. Y otra muy diferente es saber, sospechar, escuchar comentarios durante años y decidir que lo mejor es no meterse.

En ambos casos aparecen antecedentes, denuncias previas, expedientes archivados o situaciones que quedaron esperando una respuesta.

Y entonces aparece otra pregunta todavía más incómoda:

¿De cuántas señales estamos hablando? ¿Diez? ¿Cincuenta? ¿Doscientas cincuenta? ¿O las que hagan falta hasta que alguien finalmente decida que ya fueron suficientes?

Tenemos una extraña relación con las denuncias:

Pedimos que las víctimas hablen. Les exigimos que cuenten. Les recomendamos que hagan la denuncia. Les explicamos que tienen que confiar en las instituciones.

Y cuando finalmente hablan, comienza el campeonato nacional de mirar para otro lado: La víctima tiene que demostrar. El sistema tiene que evaluar. La institución tiene que revisar. Los compañeros tienen que recordar. Los testigos tienen que aparecer. Y mientras tanto, el reloj sigue marcando horas ganadas para los denunciados, porque pueden borrar pruebas.

Eso sí: después, cuando todo explota, aparecen los sorprendidos.

“¿Cómo nadie se dio cuenta?”

Bueno. Tal vez alguien se dio cuenta. Tal vez muchos se dieron cuenta. Tal vez el problema no fue la falta de información, sino la falta de decisión.

Porque el silencio también puede ser una forma de complicidad. No necesariamente una complicidad criminal, eso deberán determinarlo la Justicia y las investigaciones correspondientes, pero sí una complicidad social, institucional y humana.

La complicidad de saber algo y elegir que sea problema de otro.

Vivimos en democracia. Tenemos instituciones. Tenemos leyes. Tenemos organismos de control, protocolos, oficinas, teléfonos, formularios, expedientes y hasta carteles que nos recuerdan cuáles son nuestros derechos. Tenemos prácticamente todo. A veces parece que lo único que nos falta es usarlo.

Por eso, estas dos mujeres no solamente hicieron una denuncia. Hicieron algo mucho más difícil: rompieron el pacto silencioso que suele construirse alrededor de determinadas conductas. Y cuando alguien rompe ese pacto, ocurre algo parecido a lo que sucede cuando uno abre una caja que llevaba años cerrada.

Empieza a salir todo. Los recuerdos. Los comentarios. Las sospechas. Los antecedentes. Las historias que alguien había contado alguna vez y que nadie quiso escuchar demasiado. Las personas que dicen “yo ya lo sabía”. Las que dicen “a mí también me pasó”. Las que recuerdan una situación de hace diez años. Y, por supuesto, las que dicen que nunca supieron nada.

La Caja de Pandora, en realidad, no la hicieron estas mujeres. Ellas apenas levantaron la tapa. La caja ya estaba ahí.

Lo que queda ahora es ver qué hacemos con todo lo que está saliendo de adentro.

Porque si después de todo esto, la única conclusión es que dos mujeres tuvieron la valentía de hablar, habremos entendido apenas la mitad de la historia. La otra mitad es mucho más incómoda.

¿Cuántas personas tuvieron la oportunidad de hablar antes que ellas y eligieron callar? Esa también es una pregunta que merece una respuesta.

de la redacción de Infoqom

 

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