Opinión: El luto de las cuatro patas

Lograr un puesto en la administración pública es realmente fascinante. Históricamente, el sistema le inventó al beneficiario de tal bendición, razones para faltar al trabajo que rozan lo poético: el día del gremio, la donación de sangre, el trámite urgente en un organismo que casualmente atiende en el mismo horario que el suyo. Sin embargo, hay un dolor real que la burocracia nunca supo dónde archivar: la tarde triste en que tu perro no se levanta del piso.

En el Chaco, una legisladora acaba de entender algo que la política suele ignorar: que cuando tu caniche entra a un quirófano con pronóstico reservado, vos no podés andar sellando expedientes en la Mesa de Entradas.

La iniciativa busca otorgar hasta dos días hábiles al año, con goce de sueldo, para los estatales que tengan una mascota entre la vida y la muerte, y suma un día extra si el bicho se muere. Un día de luto oficial por un ser que no tenía documento (todavía, en cualquier momento el chispoteador de ideas le tira alguna a alguno ), pero sí un plato con su nombre en la cocina.

La mecánica busca legislar el afecto con la fría precisión de la burocracia: para acceder hay que presentar un certificado de un veterinario matriculado. Si la operación es programada, hay que avisar al jefe con tres días de anticipación; si el perro se tragó una media a medianoche, hay 24 horas para dar el aviso y dos días para llevar el papel del profesional. El beneficio abarcaría a la planta permanente, temporaria y contratados de los tres poderes del Estado provincial, e incluso contempla que si una pareja de empleados comparte la misma mascota, ambos puedan tomarse el día de duelo sin disputarse la pena.

Por supuesto, la letra chica intenta gambetear la avivada criolla. No aplica para quien tiene un criadero comercial o producción ganadera, sino únicamente para el animal doméstico de compañía, ese que convive en la casa y no cotiza en bolsa.

Durante décadas nos explicaron que la administración pública era una maquinaria fría de expedientes abrochados y sellos de goma. Si este proyecto prospera, la legislación chaqueña va a admitir algo revolucionario: que adentro de un tipo que atiende una ventanilla también hay un corazón que se rompe cuando se le apaga el perro.

Alejandro Torres – Perrorista

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