Opinión: Esos cinco minutos en que no nos odiamos

Mientras espero el partido con el corazón en la boca, pienso en lo ridículamente hermosos y patéticos que somos los argentinos.
Es un fenómeno casi biológico. Juega la Selección, metemos el gol de la victoria sobre la hora, y durante exactamente cinco minutos el país entra en un estado de suspensión de la incredulidad. Es un limbo mágico. El tipo que milita en una unidad básica y el que tiene una foto de un león en su perfil de X se abrazan en la vereda. Se les mezcla la saliva, el sudor de la tensión y el aliento a fernet y puchos. Durante trescientos segundos no hay inflación, no hay causa Vialidad, no hay herencias recibidas ni discursos encendidos por cadena nacional. Somos campeones de algo, somos hermanos y nos amamos de una manera casi obscena.
Pero la magia del fútbol tiene la misma puntualidad que el carruaje de la Cenicienta.
El árbitro marca el final, los jugadores se saludan, la transmisión de la tele pasa a la publicidad y, de repente, paf. Se corta la luz del milagro. La realidad nacional nos cae encima como un balde de agua helada y volvemos a acomodarnos las camisetas de nuestros respectivos bandos políticos.
Es casi instantáneo. El mismo tipo con el que hace un instante estabas saltando arriba de una mesa pasa a ser, otra vez, el culpable de todas tus desgracias. Volvemos a la trinchera, a masticar el rencor de siempre, a convertir el festejo de un jugador en una chicana partidaria.
Y ahí es cuando la escena se vuelve un retrato perfecto de esa vieja y dolorosa canción de Cantoral «Ustedes y nosotros» (escúchenla por favor, es imperdible)
Nosotros nos prestamos a ese juego nefasto, ese de despellejarnos en las redes o en la mesa del domingo, la verdadera división sigue estando en el mismo lugar de siempre.
Ellos, los dueños del micrófono, los que arman las listas, se quedan con los discursos solemnes, las cajas y los cargos. Se quedan con las explicaciones técnicas de por qué el país no arranca.
Y de este lado quedamos nosotros: Los que abrimos el kiosco todas las mañanas rezando para que no aumente la yerba, los que cargamos los carros con esfuerzo o los que solo tenemos estos noventa minutos de fútbol a la semana para sentir que pertenecemos a algo más grande que nuestras propias deudas.
«Ustedes» tienen las palabras elegantes y las promesas de un futuro que nunca llega. «Nosotros» tenemos la mesa, (esa tipo la de los Argento que no anda si no le ponés papelitos doblados bajo una de las patas) para tomar unos mates y este grito de gol atragantado que es lo único que nos salva de la locura.
A veces me da bronca que dure tan poco. Me da pena que la alegría compartida sea un recurso tan escaso y tan volátil en este rincón del mundo.
Pero después lo pienso mejor, bien a lo argentino, y me consuelo con una certeza: esos cinco minutos de abrazo genuino en la vereda o la plaza son reales. Nadie nos los puede quitar. Aunque después volvamos a pelearnos por un tuit o por una ley, durante el tiempo que dura el festejo, la patria no es un discurso de barricada ni un balance de Excel. La patria es ese segundo exacto en el que el de al lado tuyo grita el mismo gol con la misma desesperación.
Sigan ustedes con sus negocios, sus discursos y su dialéctica de propietarios. Que nosotros nos quedamos acá, cuidando la única tregua que nos queda, esperando el próximo partido para volver a ser hermanos. Aunque sea por cinco minutos.
Alejandro Torres – Periodista




