Opinión: «Nadie funda un país con ensalada de rúcula»

¿Se dieron cuenta de que el 9 de julio en Argentina es un atentado teledirigido milimétricamente contra el hígado, pero lo vivimos como una epifanía espiritual? Es hermoso. Nos clavamos tres platos de locro, que es básicamente un «Elisir» ( como diría el Coco) con porotos y maíz blanco, le sumamos tres pastelitos hojaldrados que crujen como rodillas de futbolista veterano, un par de cuadraditos de pasta frola y todo eso, por supuesto, bien regado con algún vino del chino. Todo a la una de la tarde, con 25 grados de térmica en el norte o con escarcha en el sur, da igual. El cuerpo te pide una camilla y un tubo de oxígeno, pero el alma te pide repetir.
Hay una explicación lógica, claro: en 1816 hacía un frío de cagarse en Tucumán y los congresistas necesitaban calorías para fundar una patria. Pero la razón profunda es otra. Es la misma razón que explica el cuento genial de Luis Landriscina sobre la Navidad en el campo.
¿Se acuerdan de ese relato? Don Luis cuenta que en el interior, con cuarenta grados a la sombra y las chicharras taladrándote la nuca, la gente se sienta a comer pan dulce con frutas abrillantadas, nueces, turrón de Alicante y lechón caliente. Y cuando el doctor del pueblo, alarmado por la presión arterial de los viejos, les dice: «¡Pero chamigo, se van a morir, esto es comida para el invierno europeo!», el paisano lo mira con una paciencia de siglos y le contesta: «Mire, doctor… si el Niño Dios hubiera nacido en el Chaco, estaríamos festejando con sandía y tereré. Pero nació allá, y al Misterio se lo respeta con lo que corresponde».
Con el 9 de julio pasa exactamente lo mismo, pero al revés. No importa si el cambio climático nos regaló un veranito en pleno invierno. Al Misterio de la Independencia se lo respeta con grasa, con mondongo, patitas de cerdo y zapallo plomo desarmado en el caldo.
Escribir esto tratando de relacionarlo con lo que nos pasa hoy nos obliga a mirar el fondo de la olla. El locro no es un menú; es un contrato social. Vos no podés hacer locro para dos personas en una ollita de teflón; el locro se hace en una olla de aluminio del tamaño de la cubierta de un tractor, o no se hace. El locro exige comunidad. Exige que un tipo se levante a las seis de la mañana a picar el cuero de chancho, que otro controle el fuego y que los vecinos, cuando todo esté listo, vengan con su olla o el táper vacío, como quien busca agua bendita.
Comer pesado el 9 de julio es nuestra forma sutil de decir que la Patria no es una lección que se encuentra en los manuales de la escuela. La Patria es algo que se te mete en el cuerpo, que te pesa, que te cuesta digerir, pero que te calienta el pecho desde adentro.
Hacerse el moderno ese día con una ensalada de rúcula y tomates secos es casi una traición a la soberanía nacional. El 9 de julio se sufre la digestión con orgullo, tirado en el sillón, con la escarapela todavía prendida en el buzo, pensando que si aquellos tipos se bancaron cruzar la cordillera o debatir semanas en una casa de tucumana sin calefacción, lo mínimo que podemos hacer nosotros por la identidad nacional es clavarnos ese último pastelito de membrillo y bancarnos el bombazo calórico.
Como diría el paisano del cuento de Landriscina: al Misterio se lo respeta.
Alejandro Torres – Periodista




