Sentado en el muelle de Resistencia
Por Alejandro Torres - Periodista

Allá por finales de los años 60, Otis Readding escribió uno de sus grandes exitos: “Sentado en el muelle de la bahía” y ese espectacular tema me trajo a la memoria una postal que hizo que no fuera necesario trasladarme hasta las costas de Sausalito en California donde Redding compuso la canción para que se me venga a la memoria algo mucho mas palpable y con ese calorcito chaqueño que lo hace entrañable.
La Municipalidad de Resistencia tiene una habilidad extraordinaria: siempre encuentra la manera de convertirse en noticia. Si no es por hache, es por be. Y si no es por ninguna de las dos, tranquilos, que en algún escritorio municipal debe haber alguien pensando en una tercera letra.
Hace un tiempo nos enteramos de que refaccionar un kiosco dentro del edificio municipal costaba cuarenta y tantos millones de pesos. Un kiosco, mis queridos chichipios. Ese pequeño universo de caramelos, galletitas y alguna gaseosa tibia que uno imagina detrás de una ventanita, pero que en Resistencia parece haber necesitado una inversión digna de una sucursal del Banco Central.
Después apareció la refacción del espacio que ocupa la Escuela Municipal de Folclore, con una cifra que rondaba los quinientos millones de pesos. Ahí ya empezamos a sospechar que la danza tradicional argentina había incorporado una disciplina nueva: el salto presupuestario.
Y ahora nos encontramos con los nuevos muelles decorativos del Parque de la Democracia. Casi 186 millones de pesos para embellecer ese sector. Ciento ochenta y seis millones. Uno los pronuncia despacito, por las dudas de que los ceros se asusten y salgan corriendo.
No estamos hablando de un puente que conecta dos localidades, de una avenida que necesita una transformación urgente ni de una obra de infraestructura que vaya a cambiar la vida cotidiana de miles de vecinos. Estamos hablando de muelles decorativos. Al menos, así se presentan. Y es precisamente ahí donde aparece la pregunta incómoda: ¿cuánto puede justificar una ciudad semejante inversión en algo ornamental cuando todavía tiene tantas necesidades por resolver?
Porque 186 millones de pesos no son solamente una cifra escrita en un expediente. Son recursos públicos. Plata que sale de algún lado y que, por lo tanto, merece una explicación clara sobre qué se hizo, cuánto costó y por qué se decidió priorizar esa obra.
Uno va al parque buscando un poco de aire, una sombra, un lugar donde sentarse a mirar el agua o simplemente dejar que el mate se enfríe mientras piensa en las cuentas del mes. Y de pronto descubre que la ciudad tiene novedades arquitectónicas. Muelles. Decorativos, además. Porque si hay algo que necesita una ciudad con tantos problemas cotidianos es, evidentemente, un muelle que la ayude a contemplar su propia existencia.
Aclaremos algo antes de que aparezca el primer ofendido con casco y chaleco reflectante: una ciudad necesita obras. Necesita espacios públicos cuidados, escuelas en condiciones, plazas agradables y lugares donde la gente pueda encontrarse. El problema no es construir, refaccionar o embellecer. El problema aparece cuando uno mira los números, los compara con las necesidades de todos los días y empieza a preguntarse si vivimos en la misma ciudad que quienes deciden en qué gastar la plata.
Porque mientras el vecino calcula si llega a fin de mes, el comerciante revisa las ventas y una familia hace malabares para pagar los servicios, la gestión municipal parece empeñada en demostrarnos que todavía quedan cosas capaces de sorprendernos.
Un kiosco de cuarenta y tantos millones. Una refacción para la Escuela Municipal de Folclore que rondaría los quinientos millones. Y ahora, casi 186 millones para unos muelles decorativos.
Si sumamos estas tres intervenciones, estamos hablando de una cifra que supera los 725 millones de pesos. No es poca cosa. Y aunque cada obra tenga sus propias características, sus contratos y sus explicaciones técnicas, la acumulación de estos montos deja una pregunta que no debería molestar a nadie: ¿cómo establece el municipio sus prioridades?
Porque gobernar no es solamente inaugurar, refaccionar o poner algo nuevo donde antes había otra cosa. Gobernar también es elegir. Y elegir significa decidir qué se hace primero, qué puede esperar y qué necesita la gente mucho más que una postal bonita para el fin de semana.
Y ahí es cuando uno empieza a revisar su propia vida.
Quizás nos equivocamos de profesión, muchachos. Tal vez estudiamos, trabajamos, escribimos, editamos, corregimos, cubrimos noticias, perseguimos declaraciones y nos preocupamos por llegar a horario cuando la verdadera vocación estaba en otra parte.
Había que saber de kioscos millonarios, de refacciones monumentales y de muelles decorativos (entre otras tantas obras, por que no hay que ser necios, son varias mas). Había que tener esa sensibilidad especial para detectar dónde una ciudad necesita una obra que nadie sabía que estaba esperando.
Evidentemente, mis queridos chichipios, somos unos cuantos los que equivocamos la profesión.
Y pensar que algunos todavía creen que para hacer periodismo hay que saber contar historias. Cuando, por lo visto, lo verdaderamente importante es saber contar ceros.
En Resistencia, por lo menos, parece que siempre hay una obra capaz de dejarnos pensando. Aunque a veces lo que más necesitamos no es un muelle para contemplar el horizonte (los camalotes del Rio Negro, arboles autóctonos o los patios de uno de los barrios mas prestigiosos de la ciudad, tema para otra sobremesa), sino una explicación para entender el presupuesto.




