Sin trabajo a los 50 años, ofreció un servicio gratuito y descubrió una necesidad que existe en todo el país

En un instante de gran dificultad, Pablo Borreani descubrió un nuevo propósito para su vida: “Dar una mano desde donde se pueda”, y eso, en su caso, es afinar pianos de colegios de manera gratuita.
A sus 50 años, quedó desempleado, pero en lugar de derrumbarse, decidió donar su talento. Después de publicar en las redes la historia del primer piano reparado, su bandeja de mensajes se llenó de pedidos de todo el país, no solo de colegios, sino también de centros culturales, jardines, bibliotecas y geriátricos. Actualmente, tiene una lista de espera de más de 100 instituciones de CABA y el Gran Buenos Aires.
Pablo dedicaba la mayor parte de su tiempo a un trabajo de oficina y, hace seis años, decidió aprender a tocar el piano. Luego hizo el curso de afinación de pianos en la Escuela de Tecnología Pianística del profesor Hugo Landolfi, actividad que desde el año pasado se convirtió en su segundo ingreso.
En junio, todo esto cambió y fue su compañera, Eugenia, quien lo mantuvo a flote. “Si hubiese estado solo y, a los 50 años, me hubieran despedido, hubiese bajado los brazos”. Gracias al apoyo económico y emocional de su pareja, Pablo pudo concentrarse en encontrar un nuevo empleo y, sin planificarlo, comenzar un proyecto solidario.
Una necesidad que existe en todo el país
Días antes de empezar su nuevo trabajo, Pablo se detuvo frente a la Escuela N°15 Francisco Laprida, a una cuadra de su casa, y sintió el impulso de ofrecer sus servicios. “El colegio tiene orquestas infantiles y siempre se escucha música. Al pasar, lo primero que me vino fue preguntar si tenían un piano para afinar”, recuerda. La directora aceptó.

Al volver al día siguiente, encontró en un rincón un Gulbransen Dickinson en desuso, “quieto durante muchos años y sin mantenimiento”.
Como en cada sesión, le “pidió permiso” al instrumento para afinarlo, porque cada piano “tiene algo vivo, tiene su historia”. Pablo puso todo su empeño en dejarlo en condiciones óptimas. Por eso, primero lo limpió: es “una cuestión de respeto al piano, un acto de amor”. Por último, reemplazó una cuerda rota de una de las teclas.
Parte de este proceso lo publicó en su perfil de Instagram (@pablo.afinador), y ofreció el servicio gratuito para los colegios. “El video explotó en las redes, empezaron a compartirlo entre profesores de música, alumnos, y estalló. Así, descubrí que existe una necesidad muy grande en todo el país”.
Tras ese video, recibió mensajes de Catamarca, Santa Fe, Córdoba, Chubut, Entre Ríos, Mendoza, además del Gran Buenos Aires, además de Capital Federal. “Fue increíble. Me ponía contento y, por otra parte, me agarraba una desesperación por toda la gente que no puede usar los pianos”, asegura.
Según explicó, sólo una afinación, sin limpieza ni reparación de otras piezas, cuesta “entre 80 y 100 mil pesos”, aunque por las condiciones de algunos pianos, el costo puede ser mayor. “Un profesor me dijo una vez que les querían cobrar 1200 dólares. Hay pianos que necesitan algo mucho más profundo”, explica.
Recorridos solidarios
Solo dos días después del video viral, Pablo comenzó un recorrido solidario de hasta tres colegios por jornada. Ya visitó instituciones de la Ciudad, como el Jardín Benito Quinquela Martín, en La Boca, y un centro cultural de la Villa 21-24. También estuvo en los partidos bonaerenses de Tres de Febrero y San Martín. La lista de espera ya alcanza las 100 instituciones.

Pablo tiene una lista de espera de 100 instituciones.
Por el momento, no puede visitar otras provincias, aunque está dispuesto a hacerlo si se presenta la oportunidad. Al mismo tiempo, recibe mensajes de personas que quieren donar pianos, pero la reparación y el traslado son costosos y necesitan el apoyo de la comunidad. “El colegio San Luis Gonzaga nos donó uno para llevarlo a otra escuela y lanzamos una campaña de colaboración para cubrir el traslado”, anuncia Pablo.
Su mayor aspiración es seguir brindando sus servicios en tantas instituciones como sea posible. Se siente motivado por la dedicación de los docentes y las ganas de aprender de los estudiantes. “Los colegios le ponen toda la voluntad, y los chicos se vuelven locos cuando voy, abro un piano y entienden cómo funciona. También me hacen dibujitos. Es hermoso”, celebra.
Pablo está agradecido porque una experiencia angustiante lo motivó a ayudar a otros. “A veces, es necesario que te den un empujoncito para cambiar tu vida. Yo no me lo esperaba, jamás imaginé que existiera esta situación”, resalta.
El voluntariado también le permitió entender qué es lo que realmente valora. Actualmente estudia composición en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y sueña con estar “en constante comunicación con la música”. “Decidí vivir el resto de mi vida para la música, y lo más importante es Eugenia. Ella también es música, una melodía hermosa. Sin ella, todo hubiese sido más difícil”.
Fuente: TN




