Tres mujeres, un partido.

Hay peleas políticas que tienen la desgracia de ocurrir en lugares donde nadie mira.
Una de ellas sucede en Chaco, y eso, paradójicamente, es lo que la vuelve fascinante.
Porque mientras el mundo discute guerras, inteligencia artificial, el precio de la comida y si finalmente vamos a sobrevivir a los grupos de WhatsApp de padres de escuela, en algún rincón de la provincia hay tres mujeres políticas que parecen estar protagonizando una batalla de proporciones históricas.
Claudia Panzardi, Magda Ayala, Celeste Segovia.
Tres nombres,tres trayectorias, tres formas de entender la política y una cantidad de publicaciones en redes sociales suficiente como para que, si alguien se tomara el trabajo de leerlas todas de corrido, probablemente necesitara después una semana de reposo.
El problema es que nadie parece estar pendiente.
Y ahí está la verdadera tragedia.
Porque ellas sí parecen estar pendientes.
Muy pendientes.
Panzardi, por ejemplo, viene diciendo desde hace tiempo que el peronismo chaqueño necesita democracia interna, que los candidatos no deberían surgir de una oficina con la persiana baja y que los dirigentes territoriales tienen derecho a discutir el poder. En 2025 llegó a cuestionar públicamente a Magda Ayala, a quien acusó de no representar a los intendentes.
La cuestión podría haber terminado ahí.
Pero no.
Porque la política chaqueña tiene una característica extraordinaria: cuando uno cree que terminó una discusión, aparece otra que tiene exactamente los mismos protagonistas pero con distinto escenario.
Y ahora apareció Celeste Segovia.
Segovia, que tuvo su trayectoria política y legislativa, volvió al centro de la escena por su actuación como abogada defensora de Victoria Cantero. En declaraciones públicas sostuvo que su defendida habría vivido un contexto previo de violencia de género y anunció que presentaría elementos ante la Fiscalía.
Panzardi salió a cuestionar esa estrategia.
Y entonces ocurrió lo inevitable.
Los portales descubrieron que había una historia.
Porque en política, como en las series de Netflix, lo importante no es solamente lo que está pasando.
Lo importante es que alguien pueda ponerle un título.
“Primero contra Magda Ayala, ahora contra Segovia: ¿qué le pasa a Panzardi?”, preguntó un portal colega.
Y uno imagina a alguien en una redacción mirando la pantalla, acomodándose los anteojos y diciendo:
—Muchachos, tenemos quilombo.
Y probablemente lo tenían.
Aunque el verdadero asunto no sea el quilombo.
El verdadero asunto es que, detrás de estos cruces, hay una discusión bastante más grande: quién conduce, quién representa, quién tiene territorio, quién tiene votos, quién conserva autoridad y, sobre todo, quién tiene derecho a decir “yo soy el peronismo” sin que aparezca inmediatamente otra persona diciendo “vos no sos nada”.
Porque ahí está el corazón de la cuestión.
Panzardi viene construyendo una identidad política, cada vez más alejada de la obediencia automática a las estructuras tradicionales. En sus declaraciones públicas ha cuestionado a la conducción partidaria, defendió las internas y reivindicó el peso de los dirigentes territoriales. Incluso sostuvo que los años sin elecciones deberían servir para demostrar capacidad de gestión y no para empezar a repartir candidaturas con una anticipación casi deportiva.
Ayala, en cambio, viene construyendo su plataforma desde Barranqueras y desde la Legislatura. Impulsó iniciativas como la ley contra distintas formas de violencia digital y, más recientemente, decidió regresar a la intendencia de Barranqueras porque, según explicó, allí podría ser “más útil”.
Y entre ambas aparece Segovia.
Que no es simplemente una espectadora.
Tiene historia política, conoce las entrañas del peronismo chaqueño y ahora aparece en otra escena, la judicial, defendiendo una estrategia que Panzardi decidió cuestionar públicamente.
Es decir: tenemos política, internas, redes sociales, abogados, acusaciones, viejas diferencias y dirigentes que aparentemente no tienen ninguna intención de aburrirse.
Nos falta Netflix.
Pero tampoco exageremos.
Porque quizás el problema sea justamente ese.
Estamos mirando estas peleas como si fueran importantes.
Y tal vez no lo sean.
Tal vez la provincia esté llena de gente que no sabe quién discutió con quién.
Tal vez una persona en Barranqueras esté preocupada por llegar a fin de mes y no tenga la menor idea de si Panzardi publicó algo contra Ayala, si Ayala contestó, si Segovia respondió o si alguien puso un corazón en una publicación.
Probablemente esa persona tenga problemas más importantes.
Y sin embargo, acá estamos.
Prestándoles atención.
Porque las redes sociales consiguieron algo extraordinario: transformaron la interna política en una especie de reality show sin cámaras.
Ya no hace falta convocar a una conferencia de prensa.
Alcanza con escribir una frase, una indirecta, un “algunos deberían”, un “yo no necesito que nadie me explique”.
Y listo.
El peronismo chaqueño tiene nueva temporada.
Lo curioso es que Panzardi y Ayala ocupan lugares importantes dentro de la propia estructura partidaria. El PJ chaqueño las ubicó, a Ayala como vicepresidenta primera y a Panzardi al frente de la Mesa Directiva del Consejo Provincial.
Es decir que la situación tiene algo de película de familia.
Dos personas sentadas en la misma mesa.
Una mira hacia la derecha.
La otra hacia la izquierda.
Y ambas aseguran que están trabajando por la unidad.
Esto es maravilloso.
Porque en política la palabra “unidad” tiene una elasticidad extraordinaria.
Puede significar “estamos todos juntos” o “estamos todos juntos pero no nos hablamos” o “estamos todos juntos porque vienen las elecciones” y hasta puede significar, en su versión más chaqueña:
“Estamos todos juntos, pero si me volvés a nombrar en Facebook te contesto.”
La paradoja es que el peronismo chaqueño necesita exactamente lo contrario.
Necesita discutir.
Pero discutir de verdad, no para ganar una publicación, tampoco para conseguir cinco mil reproducciones, no discutir para que un portal titule que alguien “estalló”.
Discutir para decidir qué quiere ser.
Porque mientras Panzardi pelea contra la lógica del dedo, Ayala intenta consolidar su propia construcción y Segovia vuelve a ocupar espacio público desde otra función, el verdadero protagonista de la historia sigue sin aparecer.
El simpatizante chaqueño.
Ese señor invisible que nunca comenta las publicaciones, el que no pone “vamos compañera”, el que no comparte la nota.
Ese que, generalmente, está pagando la luz, el agua y los impuestos.
Y que probablemente miraría todo este espectáculo con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
Y quizá ahí esté la enseñanza de esta pequeña gran pelea.
No importa tanto quién le contestó a quién.
Importa que, mientras ellas se miran entre sí, alguien debería estar mirando hacia afuera.
Porque la política tiene esa costumbre horrible de enamorarse de su propio reflejo.
Y cuando eso ocurre, empieza a creer que el espejo es la sociedad.
Y no lo es.
Es solamente un espejo.
Y en el espejo aparecen Panzardi, Ayala y Segovia.
Tres mujeres con historia, ambiciones, diferencias y una evidente vocación de protagonismo.
Lo verdaderamente extraordinario sería que alguna vez consiguiéramos que también aparezca reflejado detrás de ellas, el votante de ese partido que todavía está esperando que la política deje de hablar tanto de sí misma.
Aunque, claro, eso sería mucho menos entretenido.
Y probablemente no tendría tantos likes.
Alejandro Torres – Periodista y espectador chaqueño




